Es, quizá, algo más incómodo de aceptar. La imposibilidad —cada vez más cotidiana— de estar en un solo lugar. Aunque ese lugar sea, simplemente, una página.
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Si la computadora pudiera hablar, probablemente no sería indulgente conmigo. Diría —con la frialdad de quien registra cada pausa— que soy un hombre de inicios y no de finales. Que la enciendo con la intención firme de trabajar, de escribir, de ordenar ideas, pero que en realidad la abandono con la misma facilidad con la que abandono los libros. Me delataría en silencio: archivos abiertos, pestañas suspendidas, documentos a medio hacer. Una constelación de intentos.
La dejo encendida mientras salgo a dejar a mis hijos y a mi esposa a la escuela. Ese acto cotidiano —aparentemente ordenado, funcional— contrasta con el pequeño caos que dejo detrás: la pantalla en espera, el cursor titilando como un reproche mínimo. Regreso. Podría sentarme. Podría continuar. Pero no. Siempre hay algo que se interpone. Hoy, por ejemplo, fue un libro.
Uno de tantos. Uno más en esa geografía personal que ya no sé si llamar biblioteca o ruina: torres de libros que crecen sin arquitectura, columnas inestables que van desde la altura de la computadora hasta el suelo, como si intentaran alcanzar algo que tampoco yo alcanzo. A veces los subo al colchón, como si quisieran acompañarme en el descanso; pero al dormirlos, los desplazo. Luego regresan al escritorio, y cuando el escritorio se satura, descienden otra vez al suelo. Es un ciclo doméstico, casi ritual: subir, bajar, mover, aplazar.
Los libros ya no están ordenados por temas ni por autores, sino por urgencias incumplidas. Cada uno es una promesa que no sostuve. Abro uno. Lo elijo sin criterio claro, quizá por culpa, quizá por azar. Lo abro y, antes de leer, aparece otra pregunta, como si el acto de leer necesitara siempre una antesala: ¿qué música podría acompañar esto?
Música clásica, pienso. Algo de fondo, algo que eleve la experiencia. Luego dudo: tal vez blues, algo más íntimo, más acorde con la sensación de deuda. O rock, marimba, una identidad sonora que me devuelva a lo propio, a lo cercano. Pero cada opción implica una decisión, y cada decisión es un pequeño retraso. Al final, elijo nada. Mejor leo.
Pero ese “leo” no es simple. Está cargado de interrupciones invisibles: la conciencia de los otros libros que esperan, la memoria de los textos iniciados y no terminados, la sospecha de que incluso este que tengo entre manos podría sumarse a la lista de los inconclusos. La lectura, que debería ser un acto de concentración, se convierte en una experiencia fragmentada, atravesada por la ansiedad de todo lo no leído. Leer ya no es avanzar: es administrar la culpa.
En algún momento, sin darnos cuenta, la lectura dejó de ser un placer y se volvió una tarea pendiente. Una más en la lista infinita de cosas que deberíamos hacer y no hacemos. Como responder correos, como ordenar papeles, como retomar ese proyecto que también espera en la computadora encendida. Vivimos rodeados de posibilidades de lectura, pero incapaces de habitarlas plenamente. La acumulación, que antes era signo de riqueza intelectual —tener muchos libros como símbolo de acceso al conocimiento—, se ha transformado en una forma de saturación. No es que no leamos porque no tengamos libros; es que tenemos tantos que no sabemos por dónde empezar, ni cómo sostener el hilo de uno solo sin pensar en los demás.
La biblioteca personal se convierte, así, en un archivo de intenciones fallidas. Y sin embargo, hay algo profundamente humano en ese desorden. Porque detrás de cada libro no terminado hay un deseo real: el deseo de entender, de acompañarse, de escapar, de encontrar algo que todavía no sabemos nombrar. No es desinterés lo que nos detiene, sino dispersión. No es falta de amor por la lectura, sino exceso de estímulos, de pendientes, de vida.
Quizá por eso la computadora y los libros comparten un mismo destino en este escenario: ambos son espacios abiertos que exigen continuidad, pero que reciben fragmentos. Entramos y salimos de ellos como quien cruza habitaciones sin quedarse demasiado tiempo en ninguna. Y en ese tránsito constante, algo se pierde. Se pierde la profundidad. Se pierde la posibilidad de habitar una idea hasta sus últimas consecuencias. Se pierde, en última instancia, la experiencia de terminar.
Terminar un libro es un acto casi radical en estos tiempos. Implica resistir la tentación de abandonar, sostener la atención, aceptar el ritmo del otro —del autor— y no el propio, siempre acelerado. Terminar un libro es, en cierto modo, un acto de disciplina, pero también de humildad. Reconocer que no todo puede ser inmediato. Que no todo puede fragmentarse. Que hay procesos que requieren tiempo. Quizá por eso me cuesta tanto.
Vuelvo a la computadora. El cursor sigue ahí. El libro, abierto, descansa a un lado. Sé que en algún momento tendré que elegir: escribir o leer, avanzar o seguir acumulando inicios. Pero también sé que esa elección no es tan simple como parece, porque en ambos casos está en juego lo mismo: la capacidad de sostener una atención, de resistir la dispersión, de terminar algo. Cierro el libro, no como quien renuncia, sino como quien pospone —una vez más—. La computadora no dice nada. Pero si pudiera, seguramente ya habría emitido su diagnóstico: no es falta de tiempo lo que me impide leer, ni falta de interés, ni siquiera falta de disciplina.