La edición 161 del Viacrucis en La Cañada congregó a 11 mil 500 personas, mientras otras localidades del estado también llevaron a cabo sus representaciones con decenas de actores y personal de apoyo
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Durante décadas México se ha distinguido por su creatividad cinematográfica. Directores, fotógrafos y actores han recibido premios internacionales que confirman el talento nacional, pero paradójicamente las reglas que sostenían esa industria llevaban más de treinta años sin actualizarse. La Ley Federal de Cinematografía vigente databa de 1992, una época en la que las películas aún circulaban en formatos análogos, no existían las plataformas digitales y la inteligencia artificial parecía ciencia ficción. Reconocer que esa legislación necesitaba renovarse no es una crítica, era simplemente una urgencia.
Recientemente se han presentado propuestas que buscan redefinir el juego del cine nacional. Entre sus puntos centrales aparece algo elemental y significativo, garantizar mayor visibilidad para el cine mexicano. Se plantea ampliar de 7 a 14 días la permanencia mínima de películas nacionales en salas y asegurar al menos el 10% de exhibición. También se revisarán carteleras periódicamente para evitar que las producciones locales desaparezcan en cuestión de días frente a estrenos extranjeros.
Para quienes no siguen de cerca el mundo digital, otro cambio importante ocurre en el streaming, es decir, las plataformas en internet donde vemos series y películas desde casa.La propuesta obliga a que el cine mexicano tenga una sección visible y permanente, evitando que quede escondido entre miles de títulos. No se trata solo de cultura, sino de acceso, que el público pueda encontrar historias hechas aquí sin tener que buscarlas como rarezas.
La iniciativa también aborda temas que hace años ni siquiera se imaginaban. Por primera vez se reconoce legalmente la voz humana como herramienta artística, lo que protege a actores de doblaje frente al uso de inteligencia artificial que podría replicar voces sin permiso ni pago. Es un asunto técnico, sí, pero profundamente humano, pues detrás de cada personaje hay talento y trabajo creativo que merece ser reconocido.
En paralelo, se anuncian incentivos fiscales y apoyos económicos para fortalecer la producción, así como una estrategia de descentralización encabezada por el Instituto Mexicano de Cinematografía que pretende abrir oportunidades fuera de las grandes capitales. La intención es que más regiones cuenten sus propias historias y participen en la industria.
Estas medidas buscan equilibrar cultura, economía y tecnología. Pero la pregunta de fondo permanece abierta ¿regular y fomentar basta para garantizar que el cine mexicano conecte con las audiencias o el verdadero desafío seguirá siendo lograr que el público elija verlo, discutirlo y hacerlo suyo?
Quizá estamos ante un momento clave. No solo se trata de proteger nuestra industria, sino de decidir qué historias queremos preservar, producir y escuchar en un mundo saturado de contenido. Porque el cine mexicano, más que entretenimiento, también debe de seguir siendo una forma de mirarnos como sociedad.