Lo que no nos define / Una alianza pendiente
El T-MEC ha sido una pieza clave para la integración económica de América del Norte, pero hoy enfrenta nuevos desafíos. La revisión prevista para 2026 se vislumbra como un momento crucial para redefinir los términos del acuerdo, pero también abre la puerta a una pregunta provocadora: ¿Puede este tratado expandirse hacia América Latina?
El contexto actual no podría ser más complejo. Desde su renegociación en 2020, el T-MEC se ha consolidado como el eje central de las relaciones económicas en la región. Sin embargo, también se ha convertido en un terreno de disputas políticas, particularmente en Estados Unidos, con el regreso de Donald Trump y su retórica proteccionista, y en Canadá, donde diversos sectores han llegado a cuestionar la continuidad de México en el acuerdo.
En ese marco, una posible integración económica con países como Costa Rica, Panamá o Uruguay podría crear incentivos para fortalecer sus economías y mejorar sus climas de inversión. Pero, como abordaba en otros espacios, estos avances no ocurrirán sin ajustes profundos en las reglas del juego, pues ¿Estarían dispuestos Estados Unidos, México y Canadá a compartir los beneficios y, sobre todo, a asumir los riesgos de incorporar economías menos competitivas?
Ampliar el T-MEC podría significar la construcción de una región más resiliente frente a la competencia global, especialmente frente a China. Sin embargo, los obstáculos no son sólo técnicos. Las tensiones políticas internas, como la presión en Canadá para cuestionar a México por sus relaciones comerciales con Beijing, o el uso recurrente de aranceles como arma de negociación por parte de Estados Unidos, complican cualquier acuerdo.
Además, los criterios para la adhesión de nuevos miembros —como la democracia, la estabilidad económica y un entorno propicio para la inversión— podrían excluir a países como Nicaragua, pero también generar incertidumbre en otras naciones centroamericanas que aún enfrentan profundos retos estructurales. Esta situación, sin duda, plantea interrogantes cruciales en cuanto a la viabilidad y equidad de una posible expansión del tratado.
Sin embargo y como siempre, la política marcará la pauta. En un mundo cada vez más polarizado, lograr que tres gobiernos —y eventualmente más— trabajen juntos por un objetivo común será, en sí mismo, un logro monumental. Y es aquí donde radica el verdadero desafío del T-MEC: demostrar que puede ser no sólo un motor de crecimiento económico, sino también un vehículo para una cooperación regional más ambiciosa y duradera.
Hoy en día, América Latina requiere una estrategia clara y coordinada. De no ser así, cualquier intento de ampliación del T-MEC podría quedar en un ejercicio meramente retórico, diluyéndose en el juego político entre los miembros fundadores. Mientras tanto, el reloj avanza hacia 2026, y con él, la posibilidad de una revisión que podría redefinir el futuro de la integración económica en el continente.
¿O serán las alianzas lo que no nos define?