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Análisismiércoles, 5 de noviembre de 2025

La pista / El país que ya sabía el final

En la historia moderna de México los asesinatos políticos son el espejo roto donde se asoma la verdadera anatomía del poder. Hay magnicidios que no sólo corrieron sangre sino que modificaron la gramática de la vida pública.

Luego décadas después México creyó haber domesticado la violencia política. Se presumió con soberbia que los magnicidios eran patrimonio de un pasado bárbaro. 

Y llegó 1994. Colosio —el heredero del sistema— cayó en Lomas Taurinas. Y ese mismo año asesinaron también a José Francisco Ruiz Massieu menos mediático que Colosio pero igual de revelador porque el poder dejó ver que la fractura era sistémica no personal. 

Para el país entero fue una epifanía quizá el control nunca fue tan absoluto quizá la estabilidad era un efecto óptico quizá la mano invisible nunca fue tan invisible.

El poder dejó de ser un monopolio. Y el homicidio dejó de ser metáfora.

El 1 de noviembre de 2025 asesinaron a Carlos Manzón.

Y la imagen que quedará grabada no es el disparo ni los peritajes ni el casquillo en la carpeta de investigación. La imagen que quedará para siempre es la de minutos antes cargando a su hijo sonriéndole bajando la guardia humana que ningún escolta puede blindar.

Ahí precisamente ahí se entiende que el país ya estaba listo para ese encabezado.

Y justamente en esa resignación está la derrota moral completa.

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