Zoon politikón / ¡40 horas, ahora!
Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresiónDurante décadas, los mexicanos han trabajado más que casi cualquier otro país en el mundo. Jornadas largas, días sin descanso, fines de semana que se convierten en tiempo extra no pagado. La cultura del sacrificio como sinónimo de éxito nos ha llevado a normalizar que trabajar 48 horas a la semana —cuando no más— es parte del deber. Pero la realidad es que este modelo ya está roto. México no es más productivo por trabajar más; es, en muchos sentidos, menos saludable, menos justo y menos feliz.
La propuesta de reducir la jornada laboral a 40 horas semanales no es una moda, ni un capricho, ni una ocurrencia. Es una exigencia urgente, un acto de justicia laboral y una política pública probada. Es un paso natural en la evolución del mundo del trabajo. Hoy, en la mitad de los países del planeta ya es una realidad. Y no ha traído quiebras masivas, ni despidos en masa, ni economías colapsadas. Todo lo contrario: ha traído productividad, salud, equilibrio y prosperidad.
México es el segundo país de la OCDE que más horas trabaja a la semana, con un promedio de 48.1 horas, sólo detrás de Colombia. Si contamos 50 semanas laborales al año, eso nos da 2,405 horas anuales dedicadas al trabajo. Es decir, un mexicano dedica una tercera parte de su vida laboral al año a trabajar. Y otra tercera parte a dormir. ¿Qué queda entonces para vivir?
Y lo más grave: tanto trabajo no está generando resultados. Mientras que en Irlanda se trabajan 1,772 horas al año y se generan 110 dólares por hora para el PIB, en México se trabaja mucho más y se produce apenas 22 dólares por hora. El promedio mundial es de 75.9. Esto confirma lo que varios estudios y experiencias internacionales ya han demostrado: trabajar más no te hace más productivo. De hecho, muchas veces, es todo lo contrario.
La jornada larga no sólo desgasta cuerpos. Destroza vidas. El estrés laboral afecta a más de 15 millones de trabajadores en México. Tres de cada cuatro empleados. Y cerca del 50% de los mexicanos tienen problemas para dormir, muchas veces agravados por jornadas interminables que no permiten ni descansar ni convivir. La vida personal, familiar y emocional de millones de personas está siendo aplastada por un modelo que considera que solo vale quien produce, aunque lo haga a costa de su salud.
Reducir la jornada a 40 horas es también una medida económica inteligente. Empresas de distintos países, e incluso algunas mexicanas, han descubierto que acortar la jornada mejora la productividad, reduce el ausentismo y fortalece la lealtad de los trabajadores. Y no es un gasto, es un ahorro: menos horas extra, menos incapacidades, menos rotación de personal. El costo de perder a un trabajador puede ser entre medio año y dos años de su salario. Retener talento es mucho más rentable que exprimirlo hasta que se va.
La propuesta de 40 horas no es nueva. Jorge Álvarez Máynez la presentó desde marzo de 2023. Fue aprobada en comisiones, pero nunca se discutió en el Pleno. Se le fue dando largas, como si la vida de millones de personas pudiera esperar. Hoy, la presidenta electa Claudia Sheinbaum ha anunciado que se implementará, pero gradualmente, para que sea una realidad hasta 2030. ¿Seis años más de desgaste? ¿Seis años más de jornadas que enferman, que agotan, que impiden vivir?
El argumento del tiempo no se sostiene. Si la reforma es buena, si es justa, si es posible —como ya se demostró—, entonces debe hacerse ahora. Lo que está en juego no es solo una cifra en la Ley Federal del Trabajo. Lo que está en juego es el derecho de millones de personas a tener una vida digna. A trabajar para vivir, no a vivir para trabajar.
Por eso, ingrese un exhorto al Poder Legislativo federal para que dejen de postergar esta decisión. Que legislen ya. Que escuchen a las y los trabajadores de este país que llevan años esperando. Que cumplan con la justicia laboral que se les prometió desde 1917 en la Constitución. Porque el tiempo que se pierde, no se recupera. Y cada día que pasa sin que esta reforma se apruebe, es un día más que millones de personas siguen perdiendo horas de vida.