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Culturamiércoles, 29 de enero de 2020

CONTRALUZ: “Billy” Herbert

Maestro accesible, simpático, cercano que no se las daba de sabio, ni se ufanaba de sus estudios en el extranjero. Lo distinguían su alegría, su sentido del humor y su llaneza

Carlos Jiménez E. / Colaborador / Diario de Querétaro

Fue ahí como conocí a Guillermo “Billy” Herbert.

Lo recuerdo como un maestro accesible, simpático, cercano que no se las daba de sabio, ni se ufanaba de sus estudios en el extranjero –Gran Bretaña-, ni caía en el narcisista escollo de bocabajear a sus alumnos.

Lo distinguían su alegría, su sentido del humor y su llaneza.

Con ese bagaje, se hizo querer, tanto por sus alumnos como por sus compañeros maestros y la comunidad marista en general.

Lo volví a ver años después. Lo fui a buscar a la fábrica de hielo cuando años de confusión me hicieron buscar a “alguien” que me pudiera dar un consejo.

Lo recuerdo bien, en la oscura fábrica pregunté por él, alguien subió una escalera a comentarle del intruso y de inmediato bajó.

Recuerdo con gracia que cuando un señor “ya grande” subió las escaleras me dijo “ese gringo es mi papá”, y después me lo presentó.

También que tras la larga charla me llevó por un recorrido a la fábrica para que conociera cómo se trabajaba y “hacía” el hielo en base a serpentines enfriadores por los que corría el amoniaco.

Pero sobre todo guardé su consejo y su disposición larga y serena para escucharme, así sin más, sólo por haber sido su alumno.

Yo sólo le di las gracias. Se dice fácil. Por fortuna su testimonio solidario, desinteresado y activo marcó el perenne signo de gratitud.

Después sólo nos vimos esporádicamente.

Me alegraron sus estudios en el CIIDET y sus encargos en diversas áreas de investigación en la UAQ. Su presidencia del Club Serra.

También su ingreso formal al PAN donde aparte de alcanzar estantes de dirección, incidió permanentemente en la importancia de la capacitación. Atendía más a la urgencia ética que a cualquier otro embrollo ideológico o comercial.

Fue así como llegó al Senado de la República donde, sin faltar problemas, fue altamente apreciado tanto en las cuatro comisiones a las que perteneció o presidió, como en el pleno; tanto por legisladores afines, como por senadores de otras corrientes.

La última vez que platicamos largo y tendido fue en el Auditorio Josefa Ortiz de Domínguez con motivo de la presentación –la última ópera puesta en escena en la entidad- de La Traviata con Violeta Dávalos, quien por cierto no estuvo en su día.

Los años no le habían quitado el sentido del humor, ni tampoco la memoria musical, pues sabía perfectamente la concatenación de las escenas así como las arias de los solistas o los dúos de la gran obra verdiana.

El lunes falleció a escasos días de cumplir 86 años.

Seguramente descansa en paz.

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