El pequeño César
El libro de cabecera
Carlos Campos / Colaborador Diario de Querétaro
–¿Y a qué crees que se deba su éxito? – pregunto otorgando el beneficio de la duda a aquel motociclista obeso con aires de experto en la industria de comida rápida.
–A que la gente es bien pendeja, carnal: se traga cualquier chingadera de pizza.
Y quizás de las que menos diferenciadores de clase ofrece al consumidor.
Por entre en medio de las parcelas
Bien locochón retorné a la 15
Esquizofrénico y bien ondeado
Sentía que el troque era jet privado
Llegué al carrizo y al desengaño
Y los guachitos me la pelaron.
–Por la contingencia, mai. Las multas están bien pasadas de lanza.
–Pero la gente se está asando– esbocé con cierto arrepentimiento.
–Es que ahorita estamos en hora pico, pero la fila avanza rápido– responde paciente, con una voz absurdamente infantil para aquella mole.
Es sábado a las 14:18 hrs. y en la fila de la sucursal que se asienta en prolongación Zaragoza las cosas no son muy distintas. Salvo por un conato de bronca que se arma en la entrada principal:
–¡Siempre salen con sus chingaderas, pendejos!– reclama un hombre adusto con abundante pelo cano y aspecto de boxeador retirado –¡Mejor no digan que es entrega inmediata, culeros!– clama en un monólogo de reclamos que no recibe apoyo por parte de la muchedumbre.
Pero es quizás el precio de las pizzas la principal razón del éxito del pequeño César.
–¿A poco con eso comen todos?
–¡Pus’ a poco no, di! Además hoy no pienso cocinarles. Ora’ que si se quedan con hambre, pus’ les guardo las orillas… Pero como hoy es quince, pus’ vamos a comprar dos paquetes.
En México existen alrededor de 500 franquicias de Little Caesars. Aunque las entregas de pizza tratan de ser siguiendo las medidas sanitarias, la gente aprieta la fila a distancias comunes antes de la pandemia.
–¿A cómo las nieves, don?– pregunta el chico que hace unos segundos besaba a su novia como si no hubiera mañana, en la fila de la sucursal de Pie de la Cuesta.
–A 15 el cono, y los vasos de a 25 y 35– responde un hombre de sombrero. Junto a su carrito crea el oxímoron visual del campesino urbano que ha cambiado el caballo por carrito de nieves.
–¡Ay, cabrón! La semana pasada daba los conos a 10 y los vasos a 20, ¿qué pachó, don?
–Pus’ con lo que le sobra de la pizza le alcanza pa’ un cono, joven– responde el de sombrero con una risa diáfana y senil.
Por 79 pesos una familia queretana puede llevarse una pizza de peperoni. Un precio justo incluso para las niñas que venden mazapanes en el semáforo de Jardines de la Hacienda:
–Si me compras dos acompleto pa’ la pizza– me dice la niña mayor mientras accedo a la transacción.
Mientras me retiro, escucho que una empleada advierte a alguien al fondo con un grito: “Me llevo siete, te quedas con dos pizzas”. Bajo el sol la fila luce interminable.






























