Permisos
Permisos
Alma Gómez Colaboradora Diario de Queretaro
Durante meses había buscado el espacio perfecto para emprender el proyecto de mis sueños. Un centro de sanación ancestral y holístico en el que la meditación fuera la clave para revertir cualquier enfermedad.
En mi cabeza lo tenía muy claro; el nuevo espacio tendría áreas verdes, entradas de sol, muros de ladrillo y al centro un temazcal para que los pacientes tomaran baños de vapor y se conectaran con la Madre Tierra.
Por eso elegí la meditación como estilo de vida, pues me mantiene en calma y me ayuda a equilibrar las energías que percibo constantemente.
Mientras buscaba otros lugares para instalar mi proyecto, visité una hermosa casona en el centro de la ciudad que llevaba varios meses con ese anuncio de Se renta.
Inventé algún pretexto para retirarme y el portero, molesto por haber perdido su tiempo, meneó la cabeza y me acompañó a la salida.
Aliviada por salir de ahí, comencé a caminar sobre la acera, pero casi de inmediato percibí una rara presencia, y algo me susurró en el oído: “¿Por qué viniste?”.
Me paralicé. Sabía que un espíritu de esa casa se había pegado a mí, ya me había pasado antes.
Por supuesto, estos encuentros me asustaban, pero con el tiempo había aprendido a superarlos. Seguí con mi búsqueda.
Meses después encontré un lugar llamado La Merced, un salón de fiestas tipo campestre que había dejado de operar hace apenas unas semanas.
Era una construcción rústica, podía imaginarme las bodas y las fiestas de quince años que se habrían celebrado en el lugar.
“La renta es de 30 mil pesos, pero como ve, está en perfectas condiciones, no tendría que hacer ninguna reparación”, me dijo el dueño del lugar. Asentí con la cabeza y me aventuré a cerrar el trato.
Estaba contenta con la decisión. El jardín sería perfecto para las prácticas de yoga y los cuartos servirían como consultorios y para las sesiones de masoterapia.
Todo parecía estar listo, pero no estaba segura de arrancar. Había una vibra extraña en el ambiente. De día era un espacio armonioso, pero de noche transmutaba a un lugar extraño en el que no quería estar.
Hablé con un chamán a quién conocía desde hace varios años, le conté la situación.
-¿Y qué les digo?
-Lo que quieras.
Mi familia enloqueció cuando les conté acerca del ritual que tenía que hacer, dijeron que era mala idea “exorcizar la casa”, que mejor llamara a un sacerdote. Pero no hice caso.
Estaba nerviosa, me sudaban las manos. Miraba a alrededor y veía las distintas habitaciones con las puertas cerradas, la salida estaba muy lejos. ¿Cuánto me tardaré en llegar hasta allá si quiero salir corriendo? Pensaba, presintiendo que algo malo pasaría.
Cerré los ojos, respiré hondo varias veces hasta calmarme un poco, soplé el caracol y empecé a cantar.
Somos un círculo,
dentro de un círculo,
sin principio y sin final.
*
Somos un círculo,
dentro de un círculo,
sin principio y sin final.
*
Y la rueda del amor me da poder ¡Poder!
y la rueda del amor me da la paz ¡La paz!
La sensación de gigantismo poco a poco disminuyó. Terminé de cantar y guardé silencio. Respiré profundo y aún con los ojos cerrados, comencé a hablar.
“Espíritus. Sé que están aquí, vengo ante ustedes con amor y respeto, para pedirles que me dejen cohabitar este lugar y cumplir un sueño, ayudar a las personas que buscan sanar espiritual y energéticamente, respetando en todo momento las presencias de esta casa”.
Dije muchas cosas que, tal vez por el trance, ahora no recuerdo, después abrí los ojos muy despacio y todo estaba en calma, todo en oscuridad. Solo se escuchaba el canto de los grillos y la luz de la luna caía sobre las hojas de los árboles.
Me invadió entonces un sentimiento de tranquilidad y agotamiento. Me recosté sobre el pasto boca arriba, estaba exhausta, apenas podía moverme.
Después de unos minutos ya no sentía miedo. Entendí que ahora tenía permiso de moverme libremente por el lugar.
Sin prender las luces recorrí las habitaciones y los pasillos, aproveché la noche para regar las plantas, limpiar algunas cosas y seguí cantando hasta que me fui con los primeros rayos del sol.
Desde entonces he pasado largos y tranquilos días en esa finca, donde ahora se imparten clases de yoga, temazcales, masajes, entre otras actividades.
Algunas veces me quedo a trabajar hasta tarde, y por la noche siento la presencia de los espíritus que deambulan por el lugar, pero todos estamos en paz. Y es que después de todo, ¿Hay un lugar en el mundo en el que estemos realmente solos?
