Por Rosa María Martínez Pérez/Facultad de
Filosofía UAQ
“Leyes muy terminantes de la Iglesia me prohíben sepultar en sagrado, entre otros, a los suicidas; y siendo de esta clase el desgraciado Florencio Rivas, […] no puedo obsequiar su solicitud […] por ningún caso puedo sepultar en sagrado el cadáver de que me habla”.
[1] Schmitt, “La
historia de los marginados”, 401.
[2] Archivo Histórico del
Poder Judicial de Querétaro, en adelante AHPJQ, Cadereyta, 1826,
“Asesinato de José Santiago, capitán de la cuadrilla de Santa
Bárbara”, caja 264 criminal, foja 2r.
[3] AHPJQ, Cadereyta
(Bernal), 1834, criminal, “Se le niega sepultura
eclesiástica”, fojas 1r. y v.
[4] Gorguz: especie de
dardo.
[5] AHPJQ, Cadereyta,
1834, “Se le niega sepultura eclesiástica”, foja 7 r.
[6] AHPJQ, Cadereyta
(Bernal), 1834, criminal, “Se le niega sepultura
eclesiástica”, foja 41 r.
[7] AHPJQ, San Juan del
Río, 1856, criminal, “Suicidio de Florencio Rivas”, foja 3
r.
[8] AHPJQ, San Juan del
Río, 1856, criminal, “Suicidio de Florencio Rivas”, foja 3
v.
[9] AHPJQ, San Juan del
Río, 1856, criminal, “Suicidio de Florencio Rivas”, foja 3
v.
[10] AHPJQ, San Juan del
Río, 1856, criminal, “Suicidio de Florencio Rivas”, foja 16
r.
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Paisaje rural de Cadereyta de Montes. Foto Sedesu\n
Hasta antes de que la Reforma en México adjudicara la administración de los camposantos al Estado (Ley se Secularización de los Cementerios, julio 1859), la Iglesia Católica gobernaba tales espacios. La gran mayoría de las personas esperaban descansar en la eternidad dentro de suelo sagrado. Sin embargo, había quienes se encontraban fuera de esta esfera, los “marginados”, en la historia de “los excluidos y de los mudos de la historia tradicional”,[1] personas separadas en razón de su conducta, su oficio, sus circunstancias personales, su religión o su forma de pensamiento, apartados ya sea por la sociedad o por la Iglesia, y que, en el caso de esta última, el rechazo eclesiástico conllevaba de manera necesaria el repudio general.
En este contexto, los fallecidos sin arrepentimiento constituían una colectividad sombría, por la incertidumbre de su destino final, y eran sepultados fuera del camposanto por motivos religiosos. Al morir sin los auxilios espirituales debidos, y sobre todo en pecado mortal, quedaban impedidos de acceder a la gloria celestial. Sus sepulcros, en campo abierto, pasarían al anonimato, como debe haber sucedido con José Santiago, capitán de la cuadrilla de Santa Bárbara, quien fue asesinado en la villa de Cadereyta en el año de 1826, cuando se encontraba en estado de embriaguez, luego de “haber tomado bastante vino y pulque”. Fue sepultado ese mismo día por acuerdo del juez y del párroco, quienes convinieron en que la pena que merecía era dejar que sus restos descansaran en el campo.[2]
Otro ejemplo sucedió en 1834, cuando José Taná, de Bernal, fue acusado del homicidio de su cuñado, Juan Almaraz, hermano de su esposa. En su declaración, afirmó que estuvo “con Manuel Rodríguez, Juan Almaraz y Remigio el músico, a cosa de las oraciones de la noche, en un callejoncito que es entrada para la casa del declarante”.[3] Taná expresó que se separó de ellos y después se fue a su casa. Almaraz, que estaba ebrio al momento del enfrentamiento, lo mismo que Taná, instó a este último para que saliera, a lo que Taná se negó las tres primeras veces. A la cuarta ocasión, por fin salió, y entonces los dos hombres se hicieron de palabras. Al calor de la contienda, Almaraz atacó a su cuñado con un gorguz,[4] por lo que Taná se defendió con un par de piedras, que causaron a la víctima una herida en la frente y otra en la nariz, de las cuales falleció. La muerte del agresor, ocurrida en un trance violento y sin mediar los últimos sacramentos, concluyó en la privación del terreno sagrado a su cuerpo: el padre fray Manuel de la Cueva juzgó que, al morir Almaraz “en desafío y ebrio”, había de negarse a su cadáver la sepultura eclesiástica que los suyos solicitaron” [5]. En cuanto a Taná, el mismo asesor aconsejó liberarlo, lo que consultó el juez con el Supremo Tribunal de Justicia en la ciudad de Querétaro, el que a su vez confirmó y aprobó esta determinación de ponerlo en libertad.[6]
Otro caso tuvo lugar en 1856, en torno a Florencio Rivas, quien vivía en San Juan del Río con su mujer y la pequeña hija de ambos.[7] La noche de su muerte el hombre llegó a su casa a eso de las diez de la noche, “bastante incómodo” y “algo tembloroso”, “no quiso cenar y sólo pidió un poco de agua con azúcar que acostumbraba tomar cuando hacía alguna cólera”,[8] luego se retiraron a dormir. Rivas, inquieto e incapaz de conciliar el sueño, encendió un cigarro alrededor de las once, “y de allí enseguida otros varios”, por lo cual su mujer luego se levantó a acompañarlo también con un cigarro.[9] En esas circunstancias, expresó su intención de quitarse la vida con una daga, la que su esposa escondió. Pero la resolución de Rivas estaba tomada. A medianoche Rivas comunicó a su esposa que iba a ir a los comunes, es decir, al retrete. Su tardanza delató que algo había sucedido, y cuando la esposa entró en el lugar de los comunes, lo encontró colgado. A este drama familiar siguió otro: el pleito con el cura de San Juan del Río, pues se negó a conceder la solicitud del Juez Segundo Constitucional para enterrar en el cementerio a Florencio Rivas:[10]
En otro homicidio ocurrido en Cadereyta en 1840, sucedió asimismo que el muerto, Mateo Castillo, no encontró sepultura sagrada, y el vivo, José María Mendoza, fue liberado, al determinarse que el homicida actuó en defensa propia, y que además mediaba entre ellos una antigua rivalidad en la que Mendoza era el agraviado, ya que Castillo le había robado a su mujer hacía muchos años, y además el marido engañado había encontrado a la pareja adúltera juntos y en estado de ebriedad ambos, cuando le dio muerte al amante.
En conclusión, la negativa eclesiástica a recibir un cuerpo para sepultura en el cementerio resultaba en una desgracia para los deudos, quienes se veían también marginados en su entorno comunitario, al serles negado el acto social que permitía legitimar el destino eterno de su ser querido en el Paraíso. Por otra parte, estos marginados del cementerio pasaron al cabo de poco tiempo al anonimato en el entorno social en el que vivieron, pues sus sepulcros en campo abierto no podrían perdurar al paso de los años, y con ellos, se perdió la memoria de que alguna vez existieron.