Culturasábado, 17 de diciembre de 2016
Manantial de palabras / Tabaco
Miró sus dedos amarillos de tanto tabaco
Diario de Xalapa
Por Alberto Calderón P.

Miró sus dedos amarillos de tanto tabaco; igual se encontraban los dientes que le quedaban. Desaliñado, sin rasurar, puso su cara frente al espejo; éste seguía mudo como siempre. No era protagonista de historias fantásticas, sólo mostraba la realidad de sus ralos pelos canosos espaciados sobre flácidos cachetes; en la cabeza unas cuantas cerdas coronaban esa calva pecosa. Un pensamiento fugaz pasó por su mente: limpiar su casa; desistió de inmediato, no era muy necesario, había cosas más importantes como prender otro cigarro.
A estas horas debió ser como el octavo. Qué más da. Se acercó a la hornilla de la estufa y jaló aire por su boca para atraer el fuego, sintió cómo el humo pasó por su garganta que enseguida reaccionó con una involuntaria tos de casi medio minuto; los ojos espantaban hasta el diablo, le brotaron lágrimas que limpió con su brazo; esa tos crónica sólo se le calmó al darle otro jalón, que fue tan fuerte que la brasa iluminó su cara, llenando sus pulmones de nicotina, y el rito se volvió a hacer presente.
Con el dedo índice golpeó el lomo del pitillo y la otra mano la enconchó haciendo las veces de cenicero; el carbón cayó y de inmediato lo ingirió. Se vio los pies sucios, miró en dirección del cuarto de baño pero no tenía humor para estar debajo de la regadera; corrió la cortina y abrió la ventana para tirar la colilla; el último residuo lo miró quemarse en su jardín que ahora era una extensión de su basurero; donde debería nacer el pasto morían los últimos vestigios de sus chicotes junto a otros desechos inservibles.
Mas allá la banqueta parecía limpia, un poco más lejos una jacaranda estaba floreando. Pasó una motocicleta haciendo un ruido espantoso. Cállate hijo de la chinga…, cof, cof, cof., un nuevo acceso de tos le impidió mandar lejos al repartidor de tortillas. En la esquina los vecinos esperaban el camión de pasaje, de la tienda salían y entraban señoras quedándose a platicar en la acera, más allá se veía cómo subía el valle con un verde intenso de variadas tonalidades.
Miró hacia adentro, todo en desorden, sucio; la casa toda olía a tabaco revuelto con aromas acres; los muebles tenían las marcas de las colillas mal puestas. Con una mano tomó su refresco de cola; con la otra giraba la perilla para abrir la puerta de la calle; al fin lo hizo y salió. Otra vez a toser, ahora menos. Avanzó unos cuantos pasos arrastrando sus chanclas, se paró en el límite de su casa y la banqueta, miró el horizonte, era un hermoso día soleado de diciembre, ni una sola nube. A lo lejos se dejaba ver en toda su majestuosidad la montaña coronada con un cofre de piedra, con un cigarrillo aún sin encender, y en la otra mano su lata de refresco, extendió los brazos a lo alto, con su camiseta de tirantes, y dijo “qué bonito día”.