¿De dónde voy a sacar tres millones de pesos?, me pregunté y con el paso de las horas se fueron cerrando mis caminos. Conseguí 100 mil e intenté negociar. No quisieron. Se negaron, me gritaron, me amenazaron, dijeron que vendrían por mis hijos.
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Todo pasó tan rápido, como en un mal sueño. De pronto te despiertas a media noche, con la respiración agitada, sudando y escuchas a lo lejos el ulular de patrullas o ambulancias que van, como lobos feroz y hambrientos, tras alguna desgracia de la noche.
Te asomas a la ventana y ves entre la densa neblina de la madrugada sus ojos, sus recuerdos. Te tapas el rostro con una almohada y aún sientes, del lado de su cama, la tibieza de su cuerpo, de ese cuerpo donde te encontraste tantas veces, porque era tu refugio y tu consuelo.
En las noches, al amanecer, al prepararte el desayuno, al llevar a la pequeña Darinka al parque, te la encuentras. Ahí está, no se ha ido, aunque sientes en el corazón un hueco, una herida profunda, que sangra más en las tardes de domingo o en las fiestas de navidad y fin de año.
Todo fue tan rápido. Fue una mañana de invierno. El viento fresco anunciaba la llegada de los muertos. Ella iba al banco a pagar tarjetas y a sacar dinero para los festejos decembrinos. Así nomás se la llevaron. A las dos horas ya me estaban marcando. Me pidieron tres millones de pesos.
Conseguí 200 mil e intenté negociar de nuevo. “Ya te llevó la chingada”, me dijeron. Lloré en silencio. A las dos horas me hablaron de nuevo y me pidieron entregar el dinero. Caminé por media ciudad. Me pidieron subir a un taxi, a otro, tomar un camión, caminar en la oscuridad de la noche. A mi lado, la gente con su vida normal, la policía como sin nada. Nadie notó mi angustia y mi dolor. Entregué el dinero. Mi corazón y mi alma, en el umbral del paroxismo, de la locura.
En la madrugada, otra llamada en medio del insomnio atroz. Era la policía. La encontraron muerta en un lote baldío de la colonia Vasconcelos. Nada pudieron hacer. Las estadísticas, los números, los datos que dan los medios no dicen nada hasta que te toca, hasta que ves que el problema está cerca de ti, hasta que sientes el dolor, la angustia de que se llevan a un ser querido.
Los secuestradores te vigilan, te conocen, saben tu vida, tu rutina y saben cómo vas a reaccionar. Se negoció y se pagó, pero recogimos un cadáver, insiste Armando con la voz quebrada, que intenta contener un llanto fresco, de un dolor de días, de meses, de más de un año. “Desde entonces, nuestra vida quedó triturada, devastada para siempre”, me reitera.
“Cuando te arrebatan un ser querido de esta manera, la vida pierde sentido. La verdad ya no quiero hacer nada, ya no tengo ilusión de nada, para mí todo terminó”, me dice, mientras intenta sacar fuerza, vitalidad, de esta experiencia de muerte que le partió el alma a él y a toda la familia de quien fue su esposa.
A pesar de todo, Armando intenta sobrevivir, salir adelante. “Esa noche ante su ataúd, devastado, llorando, perdoné a los asesinos. Lo hice por mí y por mi familia, porque nosotros necesitamos sobrevivir. A ella ya nos la quitaron, nos la arrebataron y finalmente ella ya no tiene dolor ni sufrimiento, porque creo que está con Dios, pero nosotros necesitamos sobrevivir”, reconoce.
En esos días, luego de que entregaron su cuerpo a la tierra, lloró a solas, en el silencio, en la oscuridad de su cuarto y fue a una iglesia a visitar a un sacerdote amigo de la familia. El cura, que hablaba con una chica muy guapa y de buena figura —la dibuja Armando con sus manos—, le dijo seco, descortés, inhumano, que no podía atenderlo”.
“Me senté en una banca y lloré, lloré y lloré. Estuve en la misa, pero las voces de los rezos eran lejanas, como de un eco en la oscuridad de la noche. Recé y recé. Terminó la ceremonia y el sacerdote nunca se acercó. No le interesó mi sufrimiento. Yo solo quería una palabra de consuelo, una explicación. Entonces renegué de Dios”, indica.
¿Cómo me arranco este dolor que me consume?, se pregunta Armando. Sale a la calle y ve que la vida sigue, que la gente camina, corre, va y viene. Los ve felices, satisfechos, plenos, comprando aquí, allá y acullá, gastándose su dinero y gastándose la vida. Para él, son días de un dolor más acentuado. “Sí, son las tardes del domingo y las fiestas decembrinas las que más me consumen. Sé que estoy solo y que pasaré una navidad más sin ella”, concluye.