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Culturadomingo, 25 de noviembre de 2018

De la inutilidad y la egolatría

De la inutilidad y la egolatría

Ricardo Cuéllar Valencia

Hay días inútiles, soberanos por la plena incapacidad de hacer algo. Sólo salta a cada instante un inveterado vacío y otro… y otro… Nos sume la desazón…horas…horas… Lo único que queda entre manos es escribir y contar algo de lo inútiles que somos.

Tomo un libro y no es el exacto, ni ese no otros tantos; en ninguno encuentro lo que busco, siento que pierdo el tiempo con una rotunda constancia; sospecho que me he equivocado de páginas e insisto y nada…nada…

Opto por trabajos manuales aplazados. La torpeza cabalga en mis manos como una serpiente enroscándose en cada intento de esto o aquello.

Todo es inútil. Inútil insistir. Inútil preferir algo diferente a escribir. Hay días inútiles, muchas horas perfectamente inútiles que dibujan nuestra propia torpeza, esa araña deslizándose entre los instintos, el deseo y los actos que se desplazan en la vacuidad.

La inutilidad tiene olor a sulfato de cobre gracias a que corroe las entrañas del instante mientras se bambolea en su reloj de arena. He detectado su fragilidad peligrosa y la dejo que actúe a sus anchas antes de malograr los clamores de la incertidumbre.

Prefiero dejar los minutos diluyéndose en los poros nacientes del ahora antes que ahorcar el aire que respiro. Tomo mis propios dedos de las manos y palpo el tiempo real sin la malicia de calcular nada que se distinga de mí mismo.

Fui, Soy, Seré. Estoy besando lo que amo, sólo lo que he aprendido a amar: dos mujeres, dos hijas; y las amadas sin ser mías por un tiempo: esas musas perfectas que me han inventado en el devenir. ¿Es inútil ser otro testigo más, o qué? ¿Quién dice si?

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