
El pasado 19 de septiembre me tocó el sismo en la Ciudad de México. Veterano de la misma experiencia 32 años antes, en el 85, sabía de qué se trataba un asunto de éstos en la gran urbe, pero jamás dimensioné las proporciones que habría de tener esta nueva catástrofe, sino al paso de las horas en que nos fuimos enterando más ampliamente.
Para ese día, a las 11 de la mañana, se había programado un simulacro, precisamente en conmemoración de aquel sismo del 85. Todos escuchamos la alarma sísmica. Si no la atendimos del todo, sin duda que sí nos puso alertas, lo cual habría de ser de gran ayuda dos horas después. Nadie sospechaba que a las 13:14 hrs. se presentaría un sismo de adeveras, terrible, nadie sabía interpretar lo que estaba ocurriendo. Parecía todo irreal. Ese mismo día, tres décadas después, otro sismo de enormes proporciones y efectos sumamente lesivos se repetía. En un panorama de 11,680 probabilidades, que es la cantidad de días que distó uno del otro, precisamente ocurriría el aciago día 19 de septiembre. El daño a la Cdmx estaba asestado y a sus habitantes, más.
Las cifras ya las conocemos ahora, aunque claro, maquilladas; en su obstinada actitud de ocultar la información, de minimizarla, lo que nos dicen las autoridades no puede ser a final de cuentas ni un mínimo porcentaje de lo que costó en vidas humanas. Este lesivo afán sistemático que viene de décadas atrás de ocultarnos la verdad.
Dolió ver a México así nuevamente. Postrado. Lastimado en sus edificaciones y en pérdida innumerable de vidas humanas. Saber que en gran medida la tragedia fue mucho mayor debido a la corrupción. A la infracción que se hace de los nuevos reglamentos de construcción; a la falta de recursos para capacitarnos en situaciones extremas; en la desaparición de recursos que legisladores y funcionarios hacen o malversan de los fondos que se etiquetan para desarrollo de infraestructura y mejoramiento en las condiciones de vida de la población. Tan distantes como lo son, los territorios dañados de Chiapas y Oaxaca tienen en común con los de las comunidades de Xochimilco, Morelos y Guerrero que, de acuerdo con las estadísticas del INEGI, son municipios y población que se encuentran en niveles de pobreza. Me preguntaba un pequeño sobrino que por qué pese a que ocurren sismos en muchos lados del mundo, allá estas tragedias no se presentan como aquí, Japón por ejemplo. Mi respuesta fue que en el país asiático los sismos son más frecuentesy en ocasiones más intensos, pero que gracias a los fondos públicos que se destinan para prevenirlos y enfrentarlos, salvan mejor las situaciones. Aquí el problema que tenemos y se multiplica es que se construyen corruptamente edificios, viviendas, puentes, carreteras, el asfalto de las calles, hospitales, escuelas, etc. En resumen, socavones a diestra y siniestra.
Pero por otro lado, mi experiencia se vio amplia y profundamente enriquecida en esta ocasión, este 19 de septiembre funesto por segunda vez para la historia del país, con la participación ciudadana. Desde los primeros minutos que iban transcurriendo después del sismo, comenzaba a verse gente, jóvenes, mujeres, todo mundo yendo a buscar dónde ayudar. Con un inconmensurable fervor humanitario. Qué llevar, cómo contribuir a la búsqueda de los desaparecidos, a quienes quedaron bajo los escombros de los edificios colapsados; otros más, transportaban víveres, utensilios al lugar delos hechos. Posteriormente comenzaron a organizarse los centros de acopio, los albergues…y eran cada vez en mayor número los voluntarios. Miles de ciudadanos apoyando, contribuyendo, formando cadenas humanas para sacar escombros, para recibir y organizar los víveres; y quiero precisar que en las primeras 6 o 7 horas, las más importantes, fue la ciudadanía la que echó la mano al prójimo. Las autoridades brillaron por su ausencia. Do están losmillones de pesos“invertidos” anualmente en la secretaría de Protección Civil? Y los legisladores y toda la clase política también ausentes.
Ese fue el momento más emocionante de la situación. En medio del caos, del horror, iba surgiendo una luz de esperanza, de claridad, de lucidez. Me hizo recordar cómo aquel suceso del terremoto del 85 detonó el espíritu libertario de México para oponerse frontalmente a un régimen ya desde entonces caduco. A la postre vendrían la jornada electoral del 88 en que la caída del sistema a cargo del entonces Secretario de Gobernación con De la Madrid, Manuel Bartlet, le daría el triunfo dudoso a Carlos Salinas de Gortari por encima del Ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas. Pero aquel resultado que nos dejó un regusto desagradable a aquellos jóvenes que nos habíamos movilizado políticamente sufragando por primera vez, cuidando urnas, deseando y apostando por un cambio, era producto de la ciudadanización del 85 que cambió la configuración política y participativa del país, no sólo de la ciudad de México.
Las voces exaltadas de entonces, generadas por el sismo del 85, con que se cuestionaron las políticas públicas corruptas de edificación, de seguridad, de permisos apócrifos e inverosímiles de construcción habían propiciado la debacle del status quo. Desde entonces se echó para afuera a los políticos que pretendían ir a lucrar en esos sucesos, en esos escenarios, con el dolor humano. En esta ocasión, ni se atrevieron a asomar las narices. No tienen autoridad moral para pretenderlo.
Quedó claro ahora también, tanto como en el 85, que ya somos una sociedad adulta decidida a tomar nuestras propias resoluciones. Y así fue. Aunque al paso de los años el peso del poder, del dinero, de la manipulación y fragmentación del tejido social volvieron a desarticularnos. Algo pasó en ese lapso entre 1985 y 2017 que detuvo el desarrollo y democratización del país como hubiéramos querido y tuvo como consecuencia estas condiciones terribles en que nos encontramos: violencia, inseguridad, crisis económica, poderes inoperantes, tanto el legislativo como el judicial, ya no se diga del ejecutivo que parece también ausente y demuestra un vacío evidente en sus tres niveles. La clase política toda, partidos incluidos, sin capacidad de responder adecuadamente a las necesidades e intereses de sus representados.
En este nuevo septiembre del 2017, era increíble ver en la Ciudad de México la fuerza de miles de jóvenes, de adultos, en ciudad Universitaria, Villa Olímpica, la fuente de la Cibeles, en la colonia Condesa, apoyando, trabajando en limpiar escombros, verlos organizarse, espontáneamente, recibiendo en los centros de acopio y distribuyendo esa ayuda generosa de los capitalinos.
Una manera de organizarse que espero continúe a lo largo de los días y los meses para llenar el vacío de gobierno que hemos experimentado en los últimos años. Y prueba de ese disgusto justificado de la ciudanía contra la clase política es la presión que se ejerce contra las prerrogativas multimillonarias que ejercen los partidos políticos anualmente y más aún en procesos electorales. Es necesario, y ese es el clamor popular, que sean devueltos esos recursos multimillonarios para invertir en el desarrollo de México.
Después del sismo del 19 de septiembre reciente, a las 13:14 horas, hubo otro sismo que cimbró a nuestro país y cuyas consecuencias son aún impredecibles. Quedó evidente el cisma presente entre el poder público y la ciudadanía. La fuerza de la gente ciudadanizada que se empoderó nuevamente. Resurgió la enorme energía de la juventud que nos sacudió y despertó del letargo en que estábamos sumidos por décadas. Treinta y dos años después se presentó la réplica “constructiva” de una sociedad que despierta. Tiemblen los políticos profesionales. Los chapulines que van de un partido a otro, sin distingos, para vivir del erario. Es probable que veamos la vuelta y la revuelta de la historia. El cisma ha ocurrido.