Culturajueves, 19 de enero de 2017
EL JUICIO LITERARIO DE CERVANTES
Piedra de toque
RICARDO CUÉLLAR VALENCIA
(SEGUNDA DE TRES PARTES)

J. Gracia profundiza en la lectura de la referida quema de libros para señalar ciertas interrelacionesen la propia creación de Cervantes y otras con obras afines. La confidencia emocionante de la lectura y no la palabrería acostumbrada, propiciada por las retóricas, es la propuesta cervantina: “Ahora Cervantes se pega a la voz común y corriente de un licenciado que es cura y un barbero que lee menos de lo que dice leer, y desde luego sin martingalas (marrullerías) ni frases engominadas ni retóricas. Porque también esa gasa encomiástica haya ido cayéndose por los campos de Montiel, y tampoco la usan, o no la usa él, en la charla de cada día en academias y ventas y tabernas, ajeno al estilo severo de los tratados de poética y retórica y pegado al de la confidencia emocionante de la lectura. El tono ameno cabe muy bien en la ficción narrativa, y ya lo usó en La Galatea a imitación de la misma Diana. De ahí que ese libro y los demás del mismo género de pastores se salve porque ni hicieron ni harán el ‘daño que lo de caballerías han hecho’: sólo son ‘libros de entretenimiento sin perjuicio de tercero’, diga lo que diga la desequilibrada e ignorante sobrina que teme que su tío se haga pastor y ‘lo que sería peor, hacerse poeta, que según dicen es enfermedad incurable y pegadiza’. La Diana no se salva por el verso sino por la prosa, y por ser el primero de su estilo, y con ella la Diana enamorada de Gil Polo. Pero se condenan los demás de pastores (los tres, por cierto, posteriores a La Galatea) a excepción de los que son cosa de sus amigos. Y a los tres los saca juntos, como a los tres los reunió también veinte años atrás, porque son Gálvez de Montalvo, Pedro de Padilla y por descontado también el Cancionero de López Maldonado. Como salva a Ercilla, a Cristóbal de Virués, Juan Rufo, y su Austríada, y a Luis Barahona de Soto para no dejar afuera Las lágrimas de Angélica.
“A más de uno debió escamarle que Cervantes callase sobre Lope y no mencionase siquiera su Arcadia de 1598. Viene a ser como La Galatea de Cervantes, que sí sale al hilo de la conversación porque se saca Cervantes como ‘grande amigo’ del cura y ‘más versado en desdichas que en versos’. A la espera todavía del desenlace de la vida de la muchacha en ‘la segunda parte que promete’,La Galatea tiene ‘algo de buena invención’ aunque ‘no concluye nada’. La melancolía asoma de golpe porque ‘quizá con la enmienda alcanzará del todo la misericordia que ahora se le niega al libro -menos visto, menos leído, menos vendido de lo que quisiera-. Y mientras llega o no llega la continuación, mejor salvarlo del fuego, y de la sobrina” (: 236, 237).
La nueva lectura del catalán sobre los libros tirados a la hoguera, continúa con tino esclarecido. Ahora indica que Cervantes no se queda en el juicio teórico o ideológico sobre las novelas de caballerías en tanto prefiere el juicio de la experiencia de la lectura. Nada menos que para opinar en libertad y sin culpa. Y es desde este análisis que J. Gracia entiende como Cervantes está hablando consigo mismo y de sí mismo a través de los personajes que ha creado. Afirma:
“Este juicio de broma va a salvar en serio a tantos libros que no parece un juicio para condenarlos sino precisamente para salvarlos aunque ha empezado sañudamente contra los libros de caballerías. El primero habría de ser el Amadís de Gaula como padre ‘dogmatizador de una secta tan mala’, si no fuese porque el barbero ‘ha oído decir que es el mejor de todos’, y como ‘único en su arte, se debe perdonar’. Lo mismo sucederá con muchos otros porque esta es la parte cervantina del juego sobre la literatura, suspender el juicio teórico e ideológico y rescatar el juicio de la experiencia de la lectura, evitar el apresuramiento y el dogmatismo y entrevenar las razones privadas para leer y opinar en libertad y sin culpa, como un ensayista cualquiera mientras repasa los libros de su biblioteca y los repiensa sin obligarse al tono sentencioso o tratadístico porque no sólo está hablando consigo mismo y de sí mismo a través de los personajes” (: 237).
La lectura de J. Gracia de las lecturas de Cervantes va más allá del juicio condenatorio aludido para hacer visible que aquellas lecturas cervantinas tienen una relación real con las preocupaciones literarias del escritor. Así como se detiene en el pasaje donde Cervantes acota sus ideas sobre la traducción. En esta dirección escribe: “No va callar su intolerancia de lector ante las innumerables secuelas del Amadís, el Eslandián o el de Grecia, mientras va cayendo uno detrás del otro al patio de la casa hasta que ven un Espejo de caballerías, que Cervantes no va a tener más remedio que absolver porque ‘ahí anda el señor Reinaldos de Montalbán con sus amigos y compañeros’. Así que menos fuego, y bastará con condenarlo ‘a destierro perpetuo’ porque en él ‘tejió su tela el cristiano poeta Ludovico Ariosto’ y su Orlando furioso es continuación del Orlando enamorado de Boiardo. Si apareciese en italiano, se salva seguro porque al menos el cura estará dispuesto a ponerlo sobre su cabeza, que es ponerlo en el lugar más alto, aunque no la traducción que Cervantes conoce y que le parece desastrosa. Lo estropea el traductor porque es imposible pasar bien el verso de una a otra lengua, y ‘por mucho cuidado que pongan y habilidad que muestren, jamás llegarán al punto que ellos tienen en su primer nacimiento’. Casi nunca le gustan a Cervantes las traducciones aunque si le gustasen los libros con razones ‘cortesanas y claras’ que ‘guardan y miran el decoro del que habla con mucha propiedad y entendimiento’, y eso sirve para salvar el Don Belianís y salva también el Palmerín de Inglaterra con la misma convicción con la que salvaría ‘las obras de Homero’” (: 237, 238).