Vocabulario derivado del latín: Aunque cada lengua romance ha experimentado influencias externas a lo largo de los siglos (como el árabe en español, el germánico en francés o el eslavo en rumano), el núcleo de su vocabulario proviene del latín, especialmente en términos relacionados con la cultura, el gobierno, la religión y la familia.
Conjugación verbal: Las lenguas romance conservan un sistema de conjugación verbal altamente inflectivo, en el que los verbos cambian según el tiempo, el aspecto, el modo, la persona y el número. Por ejemplo, en español, los verbos en presente se conjugan de diferentes maneras según la persona: hablo, hablas, habla, etc.
Uso del género gramatical: Las lenguas romance mantienen el sistema de género que existía en el latín, asignando a los sustantivos los géneros masculino o femenino, lo que afecta también a los artículos y adjetivos. Por ejemplo, en francés: le livre (el libro) es masculino, mientras que la table (la mesa) es femenino.
Sistemas de pronunciación y fonética: A pesar de compartir un origen común, cada lengua romance ha desarrollado su propio sistema fonético, lo que ha dado lugar a diferencias en la pronunciación de las vocales y consonantes. Por ejemplo, el latín caelum (cielo) se convierte en cielo en español, ciel en francés, y cielo en italiano, pero con variaciones en la pronunciación de las vocales.
Presencia de artículos definidos e indefinidos: Al igual que en el latín, las lenguas romance emplean artículos definidos e indefinidos (el, la, los, las, un, una, unos, unas en español) que preceden a los sustantivos y concuerdan con ellos en género y número.
Sintaxis basada en el orden de las palabras: Aunque las lenguas romance pueden variar en sus estructuras sintácticas, la mayoría sigue un patrón Sujeto-Verbo-Objeto (SVO) similar al latín vulgar. Por ejemplo, en español: Juan come una manzana.