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Localmiércoles, 31 de octubre de 2018

El enterrador

Fría, dolorosa, indolente. La Muerte llega a todos, a cada uno en

LENNYN FLORES

Fría, dolorosa, indolente. La Muerte llega a todos, a cada uno en su día, en su hora, en su muerte. A veces se anuncia, no siempre, a veces solo te lleva con sus frías manos, te acaricia en su pecho, te convence y te lleva.

La Muerte no es mala ni buena, es muerte; transición hacia algún lugar o hacia la nada, no se sabe. Nadie se ha ido con ella y la ha soltado para regresar, para decirnos a los vivos que hay en el hogar de la muerte, ahí en ese espacio fúnebre, negro, triste, de muerte.

Ella, la pelona, la huesuda; no mata sólo recoge a quienes se duermen para siempre, ella es la Muerte, la que consiente, la que guía hacia algún lado con su manto mágico.

Sigiloso y callado, así se muestra el enterrador, como ella le ha enseñado, como ella se comporta, como vida en muerte, como muerte en vida. Silencioso, callado, sereno. Octavio, el enterrador de los que se han ido con ella hacia alguna parte o hacia la nada.

Hoy todo es más fácil, los restos no lo asustan como hace 35 años atrás, cuando dejo de ser ayudante de albañil para convertirse en sepulturero.

Son sobrantes de cadáver, por qué temer si fueron gente; son sobrantes, quizá de Juan, de Pedro, Carolina, de Mario, de doña Chusita, de don Jorge, de don Toño y un día de mí, de ti, de él, del enterrador.

Hace 35 años este hombre conocía la vida, la vida estaba en sus herramientas de ayudante de albañil: en la arena, la cal, el cemento, el agua, hoy conoce a la muerte, se olvidó de la vida por convivir con quienes ya no la tienen, los encajonados, los fieles difuntos.

Hoy, su rostro se ve triste, triste como una madre que ve enterrar a su hijo, triste como una familia deja a un ser querido, triste, triste, triste…

Sólo observa, con su cara tostada por el sol y sus ojos tristes; su cuerpo se combina con el aire, con el silencio, con el llanto de esa esposa, de esa madre, con el llanto reprimido de los hombres, ahí está Octavio, enterrando.

Don Octavio, ¿Para usted qué es la vida?

-Se calla, entristece- “No sé… discúlpenme tengo que retirarme” –Gracias.

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