La participación en un evento artístico internacional refleja el crecimiento de un talento originario del Estado Grande y su capacidad para contar historias mediante instantáneas visuales
La propuesta artística de Iliana Lázaro presenta piezas gráficas que resaltan costumbres y formas de vida, generando un espacio de encuentro entre pasado, presente y percepción individual
La participación de activistas, artistas e invitados enriqueció la presentación enfocada en educación, bienestar animal y promoción de hábitos responsables
En medio del retraso del reparto agrario tras la Revolución, campesinos ocuparon tierras en el sureste de la Laguna de Bustillos, desatando un fuerte conflicto con autoridades y antiguos grupos de poder
En la Nueva Vizcaya —Durango, Chihuahua y partes de Sonora, Sinaloa y Coahuila— la edificación de templos tuvo un carácter estratégico que funcionaban como centros comunitarios
Las personas interesadas pueden registrar sus trabajos en línea dentro del plazo establecido, siguiendo requisitos específicos sobre formato y extensión solicitados por organizadores
El objetivo es fomentar el diálogo, acercar el arte a diferentes públicos y ofrecer oportunidades para que creadores locales compartan su trabajo en entornos abiertos y solidarios
Una iniciativa cultural que recorrerá tres municipios con actividades pensadas para público infantil, acercando experiencias artísticas a comunidades escolares durante noviembre
Con el propósito de optimizar el funcionamiento general del recinto la renovación del espacio busca consolidar un foro más adecuado para actividades culturales, priorizando comodidad y seguridad para todos
¿Conoces la historia de Julimes? / Foto: Centro INAH Chihuahua
A quien se le ocurra pensar que las historias de los pueblos chicos son inofensivas, debería darse una vuelta por el norte del país, donde hasta los muertos firman más papeles que los vivos y la gente se mata con la misma naturalidad con la que otros barren la banqueta. No digo que este relato sea edificante, pero si alguien quiere entender cómo funciona la justicia en esos parajes donde los caciques mandaban (¿o mandan?) más que Dios y que el clima, aquí va un ejemplo de manual: un expediente que empezó oliendo a polvo y terminó oliendo a muerto, lo cual, en esta región, es casi un ascenso racional.
No esperen héroes, ni villanos, ni grandes lecciones. Aquí cada quien hace lo que puede con lo que tiene… y casi siempre lo que tiene es coraje, pistolas viejas y una terquedad hereditaria. Lo único seguro es que cuando la gente empieza a sacar documentos, corre la misma sangre que cuando sacan rifles. Lo que sigue (con su dosis de pleitos familiares, escrituras sospechosas y un escribiente que acabó con la cabeza abierta como sandía de feria) es un simple recordatorio de que, en estos rumbos, la ley siempre llega tarde y la muerte llega puntual. Y si alguien encuentra una moraleja, que la guarde, porque aquí nadie la va a usar.
Esto reza así. En 1921, Julimes ya era un pueblo viejo (1691 dicen los archivos, o siglo XVII, según quienes creen que la antigüedad equivale a abolengo) en la región centro-sur del estado, pero siempre con la misma población mínima. El lugar nunca ha pasado de cinco mil almas, quizá porque nadie con dos dedos de frente decide instalarse donde lo más emocionante del año es ver si el río Conchos se digna a dejar agua o se va de vacaciones.
Imagen antigua de Julimes / Foto: Centro INAH Chihuahua
Tras la Revolución, que para muchos fue más espectáculo que cambio, los caudillos inauguraban sus nuevas formas de gobierno, idénticas a las de antes pero con otras caras. En Chihuahua, los terratenientes seguían manejando el estado como se maneja un burro testarudo: a jalones y esperando que no se muera. En ese paisaje resurgió, una vez más, la disputa por una labor rumbo a la Hacienda de Humboldt, unos terrenos que los Pando y los Carnero se aferraban a pelear como si plantaran oro y no maíz mediocre, creyendo quizá que la fallida migración Boer les heredaba alguna suerte.
Sorprendentemente, esta vez el pleito comenzó en un juzgado y no en una cantina. Los Pando llevaron papeles amarillos; los Carnero, otros todavía más amarillos; y el juez los miró como quien preferiría morirse para no leer. Entre copias, alegatos y bostezos ocurrió algo esencial: el escribiente municipal apareció muerto en una vereda, boca abajo, con la cabeza abierta por “un objeto contundente”. Era quien mejor entendía el conflicto: conocía las razones profundas y, por una ironía amarga, había obtenido ese puesto solo por saber leer un poco mejor que los demás.
El expediente no dice quién lo mató, pero deja claro que su muerte aceleró milagrosamente el juicio. De pronto el proceso avanzó como si alguien hubiera engrasado la maquinaria con miedo. Los Pando ganaron, y se habló de pruebas “irrefutables”, palabra que se volvió casi un chiste macabro.
Los Carnero aceptaron el fallo con un silencio que no era de resignación, sino de advertencia. Meses después, una noche cualquiera, se escucharon dos disparos en el camino a La Hacienda. Al amanecer, uno de los Pando yacía entre surcos recién arados. El expediente no aclara cuál, pero con tantos Pando disponibles (todavía hoy) no hacía mucha diferencia estadística.
Tras eso, el conflicto se apagó. Los terrenos se quedaron para los Pando, aunque nadie quiso sembrar ahí durante un tiempo. Quizá porque la tierra quedó “sentida”, porque no había dinero o porque tal vez nunca fueron realmente importantes y solo se trató de un capricho humano.
De cualquier forma, así termina el expediente: sin moraleja, sin justicia, solo la confirmación de que en pueblos como Julimes la historia siempre avanza torcida, lenta y envuelta en polvo, lo suficiente para que jamás sepamos quién empujó, quién golpeó… o quién disparó primero.