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Muy buenos días reciban bendiciones todos los lectores de Magazine y de esta sección Crónicas Urbanas de El Heraldo de Chihuahua, recordando que hace 84 años, la ciudad de Chihuahua recibiría una temporada lluviosa muy intensa que provocó un verdadero caos en distintos sectores y en donde finalmente hizo rugir al río Chuvíscar como nunca. Espero sea de su interés y agrado, ya que esta página también de ¡Colección!
El río Chuvíscar ha sido uno de los pilares fundamentales en la existencia de esta ciudad de Chihuahua ya que sabemos que el origen de la fundación de San Francisco de Cuellar en 1709, se debió a la presencia de dos importantes flujos de agua que cruzaban esta región y es precisamente el Chuvíscar que corre desde la zona de sierra Azul en el oeste y desemboca en las aguas del río Conchos. Así mismo el río Sacramento, que inicia en la sierra de Majalca al noroeste de la ciudad y se une al primero en la Junta de los Ríos. Es probable, que este acontecimiento que se experimentó en la ciudad de Chihuahua, pocos lo recuerden, o a lo mejor se haya borrado de la mente de sus habitantes, pero hoy, cuando se recuerdan eventos más recientes como la tromba de 1990 y las actuales precipitaciones que han causado importantes efectos sobre algunos municipios de la entidad. Un hecho también de magnitudes insospechadas, ocurriría al inicio de la década de los años treinta en el siglo XX un 26 de agosto, año llovedor no solo en la Capital, sino en la mayoría del estado, lo que había ocasionado graves inundaciones en toda la zona del río Conchos.
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Era una noche cuando una distinguida persona de la ciudad, el profesor don Antonio Olivas Robles, conocedor e interpretador de las condiciones meteorológicas empíricas comentaba a los reporteros de El Heraldo de Chihuahua el día 15 de agosto de 1932 que para finales del mes, las lluvias se vendrían con toda su intensidad, lo que los informadores le cuestionaron de cómo sabía que se iba a presentar un temporal intenso, lo que el profesor respondió: “Miren jóvenes, el movimiento de las nubes que se ha observado en los últimos días y la coloración intensa del cielo junto con un viento ligerito que proviene del pacífico, serán determinantes para que las lluvias sean muy fuertes, por lo que hay que estar
prevenidos”. Lo mencionado por Olivas Robles, tal vez no fue tomado muy en cuenta y menos el jefe del servicio meteorológico del estado de Chihuahua el profesor Refugio Lara, quien desmentía lo dicho por el profesor en la edición de El Heraldo de Chihuahua del 17 de agosto de 1932. Pero la hoja del calendario mostraba que el día 26 del citado mes, cuando algunos nubarrones empezaron a subir a eso de las 12 del día, llamaban la atención de lo espeso y negras que estaban esas nubes. Chihuahua, en aquella ocasión era una ciudad pequeña, poco urbanizada y donde los diferentes arroyos que la cruzaban todavía se encontraban “desnudos” y no canalizados como el Chuvíscar. Fue entonces que para las 17:00 horas ya con el cielo completamente cerrado, los relámpagos empezaron a iluminarlo, acompañado de fuertes truenos que retumbaban las viviendas y negocios de la precaria población. Fue así que una hora más tarde, un torrencial aguacero se abatiría sobre el suelo que semanas antes había estado seco por falta de lluvia. En pocos minutos, los diferentes arroyos empezaron a llevar un volumen importante de agua, lo que se convertirían en afluentes sin control. Se observaban también como los arroyos La Canoa, Manteca, Santa Rita, El Mimbre y otros, como empezaban a estar rebosantes y con una furia que desembocaban a su destino final, el río Chuviscar.
Pasaron las horas y el aguacero seguía sin parar lo que también empezaba a ocasionar serios daños y numerosos derrumbes de casas por diversos rumbos, especialmente sobre los márgenes del río Chuviscar que en pocas horas de lluvia, ya traía un enorme caudal que se había salido de su cauce, arrasando alrededor de 70 humildes casas de moradores en el tramo comprendido entre las calles 11 y 29ª. La creciente del Chuvíscar que en años no había alcanzado las proporciones que se estaban observando a partir de los días 27, 28, 29 y viernes 30 de agosto de 1932, lo que vino a sembrar la alarma entre los numerosos habitantes de las inmediaciones de la ribera, por lo que tuvieron que salirse de las casas y sacar lo que pudieron para ponerlo a salvo, contándose entre estos el taller de carpintería del señor Luis M. Márquez, ingeniero constructor establecido en la terminación de la calle Venustiano Carranza, donde las aguas se habían llevado lamentablemente una cantidad regular de madera. Otras muchas casas habían sufrido derrumbes y algunas desaparecieron totalmente, calculándose en cerca de setenta las que hasta la noche del viernes habían sufrido los perjuicio de lo que estamos comentando, citándose las siguientes: un garaje en la avenida Cuauhtémoc 2014, un cuarto en la casa de la esquina de las calles Ojinaga y Quinta; varias casas de la calle Cuarta cerca del río; una en la calle Octava y Ochoa; las piezas del frente de las viviendas con el número 1206 y 1208 de la calle Aldama, habitadas respectivamente por los señores Ignacio Chávez Rosas y Gonzalo A. Gutiérrez; una pieza en la avenida Independencia, cerca del Sanatorio Maíz y otras muchas a las que se les habían venido abajo los techos y cuya lista resultaría demasiado larga citar.
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Las labores agrícolas fueron destruidas y muchos campesinos que tenían siembras en los márgenes del río Chuvíscar con maíz y frijol las perderían totalmente, pues la corriente les había invadido cavando con ellas por completo con especialidad en el tramo debajo de Catedral entre La Junta y el sector de Tabaloapa. No podría precisarse sobre el número de cabezas de ganado que habían sido arrastradas por las aguas enfurecidas del río, pero sabemos que algunas provenían de un rancho muy cercano a la presa
con el mismo nombre, desapareciendo también varias casas y como veinte cabras. Empezaron a llegar mensajes a la redacción de El Heraldo vía telegrama, así como diversos conductos donde se informaba que las fuertes lluvias habían abarcado una enorme extensión hasta Ciudad Juárez, donde se habían experimentado inundaciones y por la región de la sierra, según se informaba. Algunas familias que se habían abstenido de abandonar sus casas en el extremo de la calle 25ª ½, por considerarse a salvo al contar sus viviendas con sólidos cimientos de cal y canto, a las doce de la noche, tuvieron que salir despavoridos estando a punto de perecer ahogadas, pues a esa hora la corriente del río había aumentado en grandes proporciones y en pocos minutos arrastraría la mayor parte de las casas, sucediendo cosa igual en la calle Cuarta y en todas las calles intermedias en las márgenes del río; también en la 27ª, las residencias inmediatas, sufrirían las consecuencias de la inundación, teniendo la policía y el H. Cuerpo de Bomberos una actividad intensa y ahí estaban el señor Raúl Mendiolea y otros agentes que acudieron para prestar auxilio a los vecinos del barrio del Puerto de San Pedro, Los Álamos, Centro y Santo Niño.
“Se nos dijo así mismo –comentaba Mendiolea- que durante la noche que fue cuando la lluvia arreció el cauce del río que normalmente había sido de treinta y cinco metros y que llegó a alcanzar más de cien metros, estaba aumentado en forma verdaderamente extraordinaria, pues subía quince centímetros por hora, habiendo partes donde su profundidad era de cuatro metros ochenta centímetros. Esto jamás se había visto en el río Chuviscar y por lo tanto, se temía que podría ocasionar mayores consecuencias”. Hasta el momento de cerrar la edición del día 30 de agosto, no se tenían noticias de que se hubieren registrado desgracias personales, pero si materiales de consideración, especialmente entre las clases humildes que habitaban en las inmediaciones del río. Por supuesto, es muy raro la casa donde no se haya goteado los techos, siendo incontables aquellas donde materialmente no había rincón donde acomodar las camas para dormir y por lo tanto, fueron muchísimas las personas que pasaron las noche en vela. El inspector general de policía, señor Ceballos y el presidente municipal don José E. Tapia, el jefe de las Comisiones de Seguridad, señor Raúl Mendiolea Z. y demás funcionarios policiacos y municipales, estarían presentes desde las primeras horas del día dirigiendo las obras de defensa sobre el margen del río Chuviscar”.
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Los derrumbes ocasionados en la ciudad por consecuencia de las lluvias que estuvieron desatándose en la población el ´viernes último con numerosas pérdidas en los diferentes sectores de la ciudad. Los moradores de la margen derecha, tuvieron que salir apresuradamente para ponerse a salvo, lo mismo que a sus muebles. Las autoridades comentaban y específicamente el servicio meteorológico: “Según los partes, durante el día primero de septiembre habría un cambio favorable que casi seguro terminarían las lluvias, sin embargo, solo descansaremos por unos cuatros días, pues para el día 5 o 6 de septiembre, se iniciará un nuevo temporal. Los aparatos están registrando 30 centímetros (300 mm) de lluvia caída
durante tres días y en cuanto a la temperatura se han experimentado un descenso de 12 grados. La corriente del arroyo de Santa Rita, que atraviesa la ciudad por las calles 26ª y la prolongación del Paseo Bolivar, calle 18ª para salir al río Chuvíscar por la 14ª, había arrastrado a un niño de doce años según algunas mujeres que gritaban de manera desesperada al ver al muchacho que se lo llevaba la corriente allá por la colonia Rubio. Según el dicho de las declaraciones por la fuerza del aguacero que había caído a las trece horas del día 29, un niño de 12 años había caído irremediablemente al arroyo de Santa Rita sin que se pudieran identificar por las autoridades las cuales, se dieron a la tarea de vigilar los márgenes del arroyo antes mencionado así como del río Chuviscar. Al parecer, el niño que la corriente había arrastrado llevaba por nombre Pablo Márquez de 12 años cuyo domicilio era en la colonia Rubio. El padre de este joven que llevaba el mismo nombre se había trasladado a la Segunda Comisaría para dar parte del extravío de su hijo quién según manifestaba, había salido en compañía de su hermano menor, volviendo este solo. Al preguntarle al otro niño por su hermano, dijo que lo había visto atravesar el arroyo, pero él había corrido a su casa por lo que no supo la suerte que había corrido Pablo. De esta manera el caso de este niño como de algunos además de los daños materiales, fueron los saldos de la fuerte inundación ocurrida en Chihuahua en 1932.
Chihuahua se Inunda (1932), forma parte de los Archivos Perdidos de las Crónicas Urbanas. Si usted tiene información que quiera compartir para esta sección y si desea adquirir los libros: “Los Archivos Perdidos de las Crónicas Urbanas” Tomo I, II y III, puede llamar al celular 614 427 52-54 y con gusto se lo llevamos a domicilio o bien adquiéralo en la librería Kosmos, La Prensa y próximamente en la Luz del Día.