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Localviernes, 12 de octubre de 2018

El enfermero asesino (parte IV)

Crónica ganadora del XIV Estatal de Periodismo "José Vaconcelos" organizado por el Foro de Periodistas de Chihuahua

Salvador Moreno Arias

“Ya estoy aquí”, tecleó Gazolaz desde su teléfono.

“Ahí voy”, fue la seca contestación de un número que no conocía. “¿Dónde estás?”

“En mi casa”.

“Ya voy, ten paciencia”.

Unos golpes en la puerta principal le indicaron la llegada de su remitente de identidad desconocida. Abrió y lo que vio lo dejó inmóvil, aunque de cualquier manera, no hubiera podido huir: una mujer le apuntaba con un arma nueve milímetros.

Él sabía de quién se trataba. La misma que vio en el asiento del copiloto en el auto de su enfermero. Tal vez era su esposa y cómplice. Sabía también, que su hora había llegado, y su último pensamiento fue para Carey y su mejor amigo…

“Se lo dije”, le dijo Mollinedo con una sonrisilla de satisfacción. “Yo tenía razón. A este tipo de gentes se les nota lo culpable desde el primer momento”.

El socio se extendió en el tema de la audiencia de vinculación a proceso que Jorge Ceballos había tenido el día anterior, y donde el Ministerio Público dio a conocer los demasiados vínculos entre las víctimas y el presunto responsable.

Se cotejaron llamadas, mensajes, pruebas periciales en materia de análisis balístico Todo comprometía al enfermero de la clínica 58 del IMSS. Y según declaración de un testigo protegido, la familia asesinada conoció a Jorge Alberto el 7 de junio de 2018.

La mente de Gazolaz comenzó a trabajar. Más o menos por aquella fecha, su enfermero había empezado a laborar en su casa.

Pero aquella plática le sonaba como música de fondo. En su cabeza intentaba armar el rompecabezas de un crimen que aún podía evitar, más o menos como en la película protagonizada por Tom Cruise, “Sentencia previa”.

Se sorprendió haciendo elucubraciones, pero entre más quería sacarse de la cabeza la idea de que en su casa había un asesino, más elementos encontraba para arraigar la misma.

Al parecer, esa última conversación había sido clave para la vinculación de Ceballos con este crimen, amén de que el esposo de Laura sabía que ella iba a reunirse con el enfermero en aquella fatídica ocasión.

A Gazolaz no dejaba de llamarle la atención como los mensajes que se manejaban en la nota informativa eran muy similares a los que había experimentado en la pesadilla de la que su socio lo había rescatado aquella mañana.

Entre tanto este último continuaba dando su parte del día, como el detalle de que más de un millón 200 mil pesos había obtenido el imputado por supuestas plazas laborales del IMSS, dado que cobraba de 80 mil a 100 mil pesos a cada solicitante.

“Eso explica el modus vivendi del acusado”, explicó el socio sin que nadie se lo pidiera y con una pose que envidiarían los mismísimos Sherlock Holmes, Hércules Poirot o Tony Tijuana. “Y también pone a pensar…”

“¿Qué trata de decir…?”

“Aún descontando los 500 mil pesos que cobró por el asunto del riñón, del millón 200 mil resta más de la mitad, 700 mil para ser exactos. Digamos que lo dividimos entre 100 mil, nos da un total de siete personas”.

“Y si tomamos en cuenta que cinco víctimas lo fueron por el medio millón, y sólo otras dos son por las que se le acusa a Ceballos…”, razonó Gazolaz.

“¿Usted cree?”

Se asomó y corroboró que su enfermero de la muerte seguía la misma rutina de abandonar la casa en un vehículo de lujo, única variante encontrada por el devenido en investigador. La noche anterior, el auto había sido de otro modelo y otro color, eso sí, del año.

Estaba seguro que lo envenenaban. Su muerte era más lenta.

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