El enfermero asesino (parte V)
Crónica ganadora del XIV Estatal de Periodismo "José Vaconcelos" organizado por el Foro de Periodistas de Chihuahua
Salvador Moreno Arias
A Mollinedo le pareció extraño que su socio le llamara tan temprano y en domingo. Debía ser un asunto de vida o muerte. Para Gazolaz lo era.
“Voy a poner mi vida en sus manos”, le anunció solemne entregándole la pastilla que guardó de la noche anterior. “Vaya a algún laboratorio de confianza y pague lo que sea necesario, pero averigüe qué demonios es esto”.
“Me alarma usted, mi amigo. Le agradecería me diera más detalles”.
“Se los daré en cuanto me tenga los resultados. No hay tiempo que perder”.
Ya en soledad, se quedó mirando la edición dominical de El Heraldo. ¡Cuánto le hubiera gustado que el tema del enfermero asesino quedara relegado a sólo un párrafo en el rincón menos visible de la última página par del periódico.
Pero las malas noticias con como las malas hierbas: difíciles de quitar y fáciles de seguir creciendo, abrazando con sus ramales los rincones menos imaginables. Tal era el caso de la información de ese día. Ya no hablaba del implicado… o cuando menos no directamente.
“Mi socio tenía razón”, dijo para sí. “Hay más gente involucrada”.
Sin otra cosa más que esperar la razón sobre el análisis químico de su supuesto medicamento, se dedicó a hojear las páginas dedicadas al crimen así como a sus derivados. A esas alturas, ya se mostraba cómo funcionaba la red de ventas de plazas en el IMSS.
Una vez convencidas las víctimas, se les pedía una solicitud de empleo, así como documentos personales para iniciar con el trámite. Trascendió que el matrimonio cobraba de 30 mil a 100 mil pesos para promoción de puesto y 80 mil para ingresar al Instituto.
Pero cuando la víctima se desesperaba y exigía la devolución del dinero invertido, se le citaba en algún lugar, a donde al llegar, eran asesinadas.
Esa información se complementaba con que la pareja tenía una tienda deportiva en la plaza comercial San Sebastián, y que Lizeth Campuzano operaba las páginas de Facebook para promocionar el negocio que, por razones obvias, se clausuró.
De acuerdo con lo publicado con la señora en esa red social, el negocio se expandiría a otra sucursal que se ubicaría en la Plaza Comercial Puerta Norte, cuya inauguración prevista para el dos de julio no pudo ser por el arresto del enfermero.
Al lector le empezó a dar vueltas la cabeza. Aquello parecía apenas una costura de una compleja red de connivencia. Pensó en distraerse con otro tipo de lectura, pero no pudo evitar seguir relacionado con el caso.
A punto del llanto, retomó la página que estaba leyendo con anterioridad. No la había terminado. Faltaba la nota que afirmaba que un tal “Juan Anaya” fungía como el contacto del enfermero en el Seguro Social.
Se quedó pensando. El asunto iba para largo. Seguramente en los próximos días se iría destapando toda una cloaca de asuntos ilegales al interior de la institución, o quizá más víctimas o personas defraudadas. Quizá el tal Juan Anaya existía. En fin.
Nunca había reparado en el nombre de su enfermero. ¿Cabría la posibilidad de que fuera el sujeto que mencionaba la nota? Pronto quitó los signos de interrogación a la pregunta y se convenció de que era el sujeto…
El electrónico tono de su celular le impidió seguir pensando. El identificador en la pantalla le confirmó que era su socio que llamaba para responder una de las tantas dudas que había tenido en esos días y al mismo tiempo para corroborar su sospecha.
“Si lo que usted buscaba era que le dijera que lo que me entregó es una medicina para el corazón, no es otra cosa”, le informó un poco fastidiado. “Ahora ¿sería tan amable de decirme que está pasando?”
Un par de detonaciones de una habitación contigua parecieron detenerle el corazón.
“¡Carey!” exclamó con el poco aliento que le quedaba, y como pudo se abrió paso hasta la habitación de su esposa, para encontrarse con ella tirada entre un charco rojo sangriento y a su lado una pistola nueve milímetros.
Fue lo último que el hombre pudo ver. Cayó fulminado de un infarto junto a su mujer quien, apenas escuchó el choque seco de su marido contra el piso, se levantó mirando su prenda de vestir manchada.
“Lástima de ropa”, se quejó con cierto dejo de sarcasmo. “Este maldito colorante no se quita”.
“Podrás comprarte las prendas que quieras una vez que cobres el seguro, querida”, Mollinedo apareció en la pieza y con familiaridad, le dio un beso “de piquito” a la recién viuda. “¿Todo bien?”
“Hablando del enfermero, ¿ya te encargaste de él?”.
“Le llamé a su teléfono, le dije que sus servicios ya no eran necesarios. Ahora sólo nos resta levantar este tinglado…”
“Me encanta tu plática de chofer, Juan Anaya…” le musitó ella al oído.























