Aquello que habitamos
Sin duda, el ser humano a lo largo de su existencia comparte espacios que permanecen “vivos” en el inconsciente personal y colectivo.
Y me refiero a una casa, espacio en el que se gesta, crece, reproduce y muere. Pero todo surge desde un espacio más amplio, que es el planeta donde aprende y evoluciona; y otra íntima que es el vientre de su madre.
Con el tiempo crece, ahí donde vive, construye y se identifica con otros. Donde perduran la infancia, la adolescencia, la juventud, la madurez y la vejez, entre las emociones, encuentros y desencuentros, pero también donde surgen las ausencias y pérdidas.
Recordemos que la casa, no sólo es un espacio, sino también es un tiempo que nos posee, que en ocasiones nos quita y nos despoja de lo más preciado.
Porque nadie lo puede negar, después de unas vacaciones, por muy interesante que haya sido el viaje “tarde o temprano extrañamos volver a casa”
Curiosamente por la forma de hablar, vestir y conducirnos con los demás, damos a conocer la imagen de nuestra casa, aquella que nos otorga identidad frente a la opinión pública.
El lugar donde se vive, se aprecia y se celebra el amor; donde se guardan los secretos más íntimos, entre las manías, los caprichos y los hábitos más extravagantes de una pareja y de una familia.
Esto nos hace recordar al poeta y crítico literario francés, Gastón Bachelard, con su obra -La poética del espacio- publicada en 1958.
Además, nos ofrece un principio de integración psicológica e íntima, a través de recuerdos e imágenes que tenemos de cada casa en la que alguna vez vivimos; o la que estamos habitando.
Bachelard, también menciona que una persona sin casa, es un ser disperso y distraído, considera que la vida empieza protegida en el regazo de una casa.
Ahí donde los espacios están inundados de recuerdos e imaginación; algunos de ellos tristes pero otros de gran felicidad.
De esta forma una casa se convierte en un lugar seguro, con cualidades humanas, donde se resuelven todo tipo de problemas.
Refiere que es el refugio más cálido, más dulce y más amado; ya que se relaciona con la mujer que es generadora de vida, quien nos da amor, tranquilidad, calidez y protección.
En la casa condensamos el pasado, el presente y proyectamos un futuro; pero además es un vínculo hacia el exterior, por medio de puertas, ventanas, aberturas o huecos, que permiten una conexión directa sensorial e intelectual, con el universo que está allá afuera.
Para el autor, la casa es un espacio poético, es el primer universo que trasciende hasta formar el museo de nosotros mismos.
Sin duda, la casa que habitamos es un cuerpo de imágenes, que dan al ser humano razones de estabilidad, que le permiten imaginar y seguir soñando.
Porque simplemente la vida y las ilusiones surgen en el regazo de una casa.
¿Será cierto?













