Otra de las evidencias que demuestran que la vida es tan hermosa y tan valiosa la encontramos en una reacción humana que se nos da muy natural: sacrificamos cualquier cosa para conservarla.
En un documental titulado “Los ladrones viejos”, cuenta un prisionero de edad avanzada en una de las cárceles de la Ciudad de México que, cuando los maleantes matan a alguien, van contigo y te dicen: “hay un muertito, ¿cómo quieres pagarlo?”. Afirma el encarcelado que él conocía ese lenguaje y significaba que solo podías pagarlo de dos formas: o te echas la culpa de un delito que no cometiste y recibes una condena adicional a la tuya, o te matan a ti también y lo pagas con tu vida.
Entonces, decidí echarme la culpa, dijo el ladrón viejo. Y la pregunta obligada es: ¿por qué estuvo dispuesto a recibir 30 años más de condena por un delito que no había cometido? La respuesta es lógica: no importa que le den más años de condena con tal de conservar su vida, porque la vida es tan valiosa que estamos dispuestos a sacrificar cualquier cosa con tal de conservarla.
También hay una historia en la literatura sagrada de un rey llamado Salomón que ejecuta un juicio famoso cuando dos madres peleaban por un hijo. Una decía que el bebé vivo era de ella y el fallecido era de la otra, y la otra madre decía exactamente lo mismo. Entonces, el rey sabio ordenó que partieran al bebé vivo en dos y cada quien tomara un pedazo para que dejaran de estar peleando.
Ante tal situación, la que no era la mamá dijo: “está bien, que lo corten”, mientras que la que sí era la mamá dijo: “no, que no lo corten, que se le quede a ella”. Esto fue suficiente para que el rey sabio descubriera quién estaba mintiendo y quién era la mamá verdadera, y procedió a dar la orden para que entregaran el bebé vivo a la que se le habían conmovido las entrañas.
Así también en esta segunda historia podemos visualizar el mismo principio, pues la que sí era la mamá estaba sacrificando mucho. Su pensamiento era: no importa que ese bebé nunca me diga mamá, pero que viva; no importa que yo nunca pueda estrecharlo en mis brazos para decirle hijo, pero que viva.
Esto confirma la misma idea que establecimos al principio: la vida es tan valiosa que hacemos cualquier sacrificio para conservarla.
Y si por esta vida que dura tan poquito nosotros hacemos cualquier sacrificio para conservarla, cuánto más deberíamos valorar y luchar por la vida eterna, que es una esfera de vida mucho mayor, más bonita y placentera. Con mayor razón deberíamos luchar y sacrificarnos para obtenerla y valorar el regalo que Jesús conquistó cuando murió en la cruz por nosotros.