Análisislunes, 12 de enero de 2026
Pornografías / […] huelo a primavera
Alejandro Ahumada
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Alejandro Ahumada
Si no huele, es inocuo. El olor delata lo infecto, lo caduco, lo desaseado. En su excelente escrito «Historia de la mierda», Dominique Laporte apunta que «la infección viene a ser exorcizada con una desaparición del olor». El olor se anticipa a la vista; no importa cómo se vea, si se huele bien, es sano. Parece ser instintivo, no por nada —en el diseño taxonómico divino— la nariz está al final del hocico; digamos que la cara empieza ahí. Pero la Modernidad se ha empeñado en asociar la dimensión odorífica natural del cuerpo con lo sucio y descuidado, y al disfrazar los olores de la carne le han hecho perder al sujeto su subjetividad. El sudor y los sebos naturales que imprimen lo particular a cada persona desaparecen. Lo erótico se mercantiliza. El «exquisito olor de tu piel», que musita el amante a su amada, pierde fuerza, pudiendo acomodar esas palabras en cualquier otro cuerpo que se permita adquirir «Trésor», de Lancôme®. ¡Qué diferencia de los hermosos versos de Juana de Ibarbourou!, aquellos que exclaman: «Como una ala negra tendí mis cabellos / Sobre tus rodillas / Cerrando los ojos su olor aspiraste / Diciéndome luego: […] / ¿Qué perfume usas? Y riendo te dije: / —¡Ninguno, ninguno! / Te amo y soy joven, huelo a primavera», ¿o qué tal la petición de Napoleón Bonaparte a Josefina de no lavarse hasta su llegada de campaña? Sea enamorada primavera o el particular olor vulvar de días sin aseo, lo que distingue a esos olores es su unicidad, que, para el enardecido enamorado, es licor celestial.
Hemos desarrollado una aversión a los vapores del cuerpo, haciendo que nuestro oído esté obturado para escucharlo hablar desde ese lugar. En el cine pornográfico la olorosa carne pierde su natural cualidad fragante. Ahí los cuerpos sudan, eyectan, lagrimean, miccionan, salivan, pero no huelen; omiten esa propiedad en su narrativa. La plastificación que se hace del acto sexual en el montaje pornográfico requiere suprimir «eso» que sacaría al espectador de la fantasía de goce. El olor regresaría la conciencia de que lo visto es real, no idílico; que en esa representación del deseo se miran cuerpos concretos con sus discretos aromas y sus pestilencias inherentes. La pornografía busca lo viscoso, lo baboso y húmedo, pero rechaza, sin más, lo oloroso.
Los olores permiten por igual a floristas, carroñeros y pepenadores diferenciar a lo lejos el sutil aroma del jazmín de aquella prenda saturada del amoniaco de la orina, pero lo moderno ha hecho de esta cualidad —salvo en sumilleres y perfumistas— una facultad innecesaria: ahora los mercados huelen por nosotros, estandarizando (al tiempo que ocultan) los olores. La menta, la fresa y la frambuesa destierran el olor almizclado de las axilas, el aroma aceitoso del cabello y la fragante salinidad de los sexos. Extasiantes y seductores aromas con efecto balsámico para el olfateador deseoso. Oler a nosotros no está de moda.