La coruja de Huimanguillo
La presencia de una imponente lechuza en la comuna coincidió con la aparición de diversos males entre la población; nadie imaginaba que lo que había detrás de esa enorme ave iba más allá de su tamaño
Víctor Jiménez / El Heraldo de Tabasco
Mientras la mujer se quedaba en la casa haciendo los deberes, el marido aprovechaba para dormir y descansar, ya que su trabajo lo hacía de noche como velador; entraba a las seis de la tarde y salía justamente a las siete de la mañana del día posterior.
- ¿Qué te pasó?, evidentemente el esposo había pensado lo peor.
- No es nada, me quemé con un tizón- contestó la mujer.
El hombre muy preocupado le dijo:
A partir de ese momento al esposo se le clavó la espinita de querer saber como se había hecho eso y qué hacía por las noches; los celos aparecían por primera vez.
Al llegar la noche preparó su mochila, se vistió, guardó su cena y se despidió de ella, esta vez no iría a trabajar, sino que la ocuparía para espiar a su esposa y saber si lo engañaba con alguien.
- Bájate pellejo, bájate pellejo.
La mujer muy curiosa le preguntó qué haría con ella, a lo que el marido le contestó:
-La voy a llevar al lugar donde trabajo, amanecieron algunas ratas muertas y les echaré sal para que no huelan mal.
Al dar las cinco de la tarde el esposo comenzó a alistarse para ir a trabajar; salió de su casa solo para dar una vuelta al pueblo y regresó para espiar a la esposa en la infernal transformación.
-¡Súbete pellejo, súbete pellejo!





























