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Análisisdomingo, 5 de abril de 2026

Pintar la barda, saltarse la ley

Juan José Ramos

La Zona Metropolitana ha comenzado a llenarse de bardas. La constante es clara en Guadalajara: promoción anticipada. Ahí están, una y otra vez, nombres ocupando espacios que deberían estar libres de propaganda política fuera de los tiempos legales.

No es percepción: es evidencia en calles, colonias y avenidas, desde semanas recientes.

Más allá de la ilegalidad —que ya de por sí es grave—, hay algo todavía más preocupante: el abandono de una idea básica que debería ser compartida por cualquier actor público, sin importar el partido: la ciudad se cuida.

Nuestro espacio público incide en nuestra percepción social y define la identidad de la ciudad; y eso no necesita nombres rotulados fuera de la norma, sino responsabilidad.

Y es aquí donde la incongruencia emerge: mientras desde Morena, a nivel nacional, se llama a la prudencia y al respeto de los tiempos electorales, en lo local algunos de sus perfiles parecen haber entendido lo contrario: que adelantarse, saturar y ensuciar es estrategia.

¿Quién las financia? Porque hay recursos, hay operación, hay intención. Y todo eso, en un sistema democrático, debe ser transparente y legal. Las reglas no son sugerencias, son condiciones mínimas para garantizar equidad.

Porque cuidar la ciudad no es un discurso: es una práctica. Es entender que el espacio público no es propiedad de ningún aspirante, ni de ningún partido. Es respetar la ley no solo cuando conviene, sino precisamente cuando no hacerlo podría parecer más fácil.

Lo que estamos viendo no es solo una falta administrativa. Es una forma de hacer política que prioriza la visibilidad personal sobre el bienestar colectivo. Y eso, aunque se pinte muchas veces, no se puede maquillar.

Quizá alguien piense que estas bardas suman puntos rumbo a una elección. Puede ser. Pero también dejan claro algo más relevante: cómo entienden la ciudad quienes aspiran a gobernarla.

Quien viola la ley para hacerse notar, difícilmente la respetará para gobernar. Porque si así la tratan cuando todavía no tienen la responsabilidad, queda la duda —perfectamente válida— de cómo la cuidarían, si la tuvieran.

Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresión

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