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Como médico cardiólogo, pero sobre todo como ciudadano comprometido con la salud pública, he aprendido que la vida puede cambiar en cuestión de segundos. Un paro cardíaco no avisa, no distingue edad, condición física ni contexto social. Puede ocurrir en la calle, en el hogar, en un estadio, en una escuela o dentro de una universidad. Y cuando sucede el tiempo se convierte en el factor más decisivo: los primeros minutos son la frontera entre la vida y la muerte.
Por esa razón, hoy considero indispensable poner sobre la mesa una propuesta clara, viable y urgente: que la Universidad de Guadalajara impulse de manera institucional la enseñanza de la Resucitación Cardiopulmonar (RCP), el uso del Desfibrilador Externo Automático (DEA) y los principios básicos de la Protección Civil en estudiantes de educación media superior y superior. No se trata de una idea abstracta ni de una moda académica; se trata de una necesidad real, sustentada en la evidencia médica y en la responsabilidad social que debe caracterizar a la educación pública.
Las enfermedades cardiovasculares son la principal causa de muerte en México y en el mundo. Dentro de este grupo, el paro cardíaco súbito ocupa un lugar especialmente preocupante, porque ocurre de manera inesperada y requiere atención inmediata. He visto, a lo largo de mi ejercicio profesional, cómo una persona aparentemente sana colapsa de un momento a otro. He visto también cómo la presencia —o ausencia— de alguien capacitado para iniciar RCP marca la diferencia definitiva.
Cada minuto que pasa sin atención tras un paro cardíaco reduce de manera dramática la posibilidad de supervivencia. El cerebro comienza a sufrir daño irreversible en apenas cuatro o cinco minutos. Sin embargo, cuando una persona inicia compresiones torácicas de forma inmediata y se utiliza un desfibrilador externo automático, las probabilidades de salvar una vida aumentan de forma significativa. Este no es un dato menor: es una verdad médica ampliamente comprobada.
La RCP es una técnica sencilla, pero profundamente poderosa. No requiere ser médico para aplicarla; requiere conocimiento, práctica y decisión. Consiste, esencialmente, en realizar compresiones firmes y rítmicas en el centro del pecho para mantener la circulación de la sangre y el aporte de oxígeno al cerebro mientras llega la atención especializada. Enseñar esto a jóvenes estudiantes es dotarlos de una herramienta que trasciende cualquier plan de estudios: es darles la capacidad real de salvar una vida.
El uso del Desfibrilador Externo Automático complementa esta atención inicial. El DEA es un dispositivo seguro, diseñado para ser utilizado por cualquier persona, incluso sin experiencia previa. Analiza el ritmo cardíaco y, cuando es necesario, administra una descarga eléctrica que puede restablecer el latido normal del corazón. Sus instrucciones son claras, automáticas y guían paso a paso al usuario. En términos simples, es una tecnología que acerca la medicina de urgencias a la ciudadanía.
Desde mi experiencia, uno de los grandes retos es que muchas personas no actúan ante una emergencia por miedo, desconocimiento o inseguridad. No saben qué hacer y temen hacerlo mal. Por eso, la capacitación es clave. Enseñar RCP y uso de DEA no solo transmite conocimientos técnicos, sino que genera confianza, criterio y sentido de responsabilidad. Una persona capacitada sabe reconocer una emergencia, pedir ayuda, iniciar maniobras y mantenerse firme hasta que llegue el personal especializado.
La Universidad de Guadalajara tiene un papel estratégico en este tema. No solo por su tamaño y alcance, sino por su influencia social. Miles de jóvenes transitan diariamente por sus aulas, laboratorios, bibliotecas y espacios deportivos. Convertir a esta comunidad en una red de primeros respondientes es una apuesta de alto impacto para la salud pública de Jalisco.
Además, esta formación no se limita al ámbito médico. La Protección Civil aporta un enfoque integral de prevención y respuesta ante emergencias colectivas. Saber cómo evacuar un edificio, cómo actuar durante un sismo, cómo responder ante un incendio o un accidente, reduce riesgos, evita el pánico y salva vidas. La prevención y la organización son tan importantes como la atención médica inmediata.
Integrar estos contenidos en la formación universitaria puede realizarse de múltiples maneras: talleres obligatorios, asignaturas transversales, actividades extracurriculares con valor curricular o programas de certificación institucional. No se trata de sobrecargar a los estudiantes, sino de enriquecer su formación con competencias esenciales para la vida. La educación integral no solo forma profesionistas; forma personas preparadas para enfrentar la realidad.
He insistido, en distintos espacios, en que enseñar RCP no es formar médicos improvisados. Es formar ciudadanos responsables. Es empoderar a las juventudes con herramientas básicas que les permitan servir a sus semejantes en el momento más crítico. Cada estudiante capacitado es un eslabón más en la cadena de supervivencia y, al mismo tiempo, un multiplicador de conocimiento en su entorno familiar y social.
Desde una perspectiva institucional, esta propuesta se alinea con los valores que históricamente ha defendido la Universidad de Guadalajara: compromiso social, humanismo, responsabilidad y excelencia. Apostar por la enseñanza de la RCP y la Protección Civil es apostar por la vida, por la prevención y por una universidad que no solo observa los problemas de su entorno, sino que actúa para transformarlos.
Presentar esta iniciativa ante la Rectoría General no es un gesto simbólico, sino una invitación concreta a construir una política universitaria centrada en la protección de la vida. En un mundo donde los riesgos están presentes todos los días, preparar a las juventudes para actuar con conocimiento y valentía es una de las decisiones más responsables que puede tomar una institución educativa.
Como cardiólogo, pero también como universitario y ciudadano, estoy convencido de que una universidad que enseña a salvar vidas deja una huella imborrable en su sociedad. Porque el conocimiento que no se comparte se pierde, pero el conocimiento que se aplica en el momento justo puede cambiarlo todo.