Análisissábado, 15 de julio de 2023
Historia, ¿para qué?
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Tal y como lo consigna la revista Nexos, “Hace 43 años Alejandra Moreno Toscano, maestra de El Colegio de México, convocó a un grupo de historiadores para que respondieran la pregunta “Historia, ¿para qué?” (Siglo XXI Editores, México, 1980). En los 10 ensayos que contiene el libro, los autores abarcan diferentes aspectos, visiones y enfoques sobre la utilidad, legitimidad y necesidad de la historia.
Luis Villoro expresa en su texto titulado «El sentido de la historia» que la primera respuesta que acude a la mente es: «La historia obedece a un interés general del conocimiento, porque cumple con una función, la de ayudarnos a comprender el presente... parecería que, de no remitirnos a un pasado con el cual conectar nuestro presente, éste resultara incomprensible, gratuito y sin sentido».
¿Para qué la historia? Para atender las urgencias y preguntas del presente, para afianzar, construir o inventar una identidad, para recomponer la certeza de un sentido colectivo, para fundar las legitimidades del poder, para imponer o negar la versión de los vencedores, para rescatar la de los vencidos. En el ensayo «Historia, ¿para qué?», Carlos Pereyra, el autor, señala que “quienes participan en la historia que hoy se hace están colocados en mejor perspectiva para intervenir en su época cuanto mayor es la comprensión de su origen. Planteada así la función central de la historia, resulta claro que el estudio de los últimos cien años tiene más repercusiones que el de los siglos y milenios anteriores. Sin embargo, con más frecuencia de lo que pudiera creerse en primera instancia, aspectos fundamentales de la forma actual de la sociedad se entienden con base en factores de un pasado más o menos lejano.
El impacto de la historia no se localiza solamente, por supuesto, en el plano discursivo de la comprensión del proceso social en curso. Antes que nada, impregna la práctica misma de los agentes, quienes actúan en uno u otro sentido según el esquema que la historia les ha conformado del movimiento de la sociedad. La actuación de esos agentes está decidida, entre otras cosas, por su visión del pasado de la comunidad a la que pertenecen y de la humanidad en su conjunto. Los grupos sociales procuran las soluciones que su idea de la historia les sugiere para las dificultades y conflictos que enfrentan en cada caso. Por ello el saber histórico no ocupa en la vida social un espacio determinado sólo por consideraciones culturales abstractas sino también por el juego concreto de enfrentamientos y antagonismos entre clases y naciones, comenta Carlos Pereyra.
Pocas modalidades del saber desempeñan un papel tan definitivo en la reproducción o transformación del sistema establecido de relaciones sociales. Las formas que adopta la enseñanza de la historia en los niveles de escolaridad básica y media, la difusión de cierto saber histórico a través de los medios de comunicación masiva, la “inculcación exaltada” de unas cuantas recetas generales, el aprovechamiento mediante actos conmemorativos oficiales de los pasados triunfos y conquistas populares, etc., son pruebas de la utilización ideológico-política de la historia.
Si, como le gusta recordar a Pierre Vilar, autor de “Pensar la historia”, no se puede «comprender los hechos» más que por la vía de «pensarlo todo históricamente», entonces es preciso ir más allá de la simple localización de aciertos y fracasos en la actividad de los hombres, para encontrar en los componentes económico-políticos e ideológico culturales de la totalidad social la explicación, incluso, de esos aciertos y fracasos. Los juicios de valor son inherentes a la función social de la historia, pero ajenos a su función teórica. Un aspecto decisivo del oficio de la historia consiste, precisamente, en vigilar que la preocupación por la utilidad (político-ideológica) del discurso histórico no resulte en detrimento de su legitimidad.
Hay de nuevo una nueva vieja pregunta, con nuevos historiadores: Historia, ¿para qué? Mauricio Tenorio Trillo en su aportación “De la útil inutilidad de la historia”, comenta: “Mirarse el ombligo convierte en nadería la pregunta Historia ¿para qué? Ejemplo: casi siempre la historia de México se ha escrito considerando que la historia es la historia de México y que México es el mundo. De donde se concluye que ni el país ni su historia son de ese mundo, el grande, el verdadero. El problema es que los mexicanos y las mexicanas si son o han sido de este mundo… interconectado en México, Estados Unidos o donde sea. Ignoro si la historia ha de servir a la patria o a las identidades, pero servirá para poca cosa si desde México no se ve al mundo”.
Tanto debatir sobre lo discursivo de la historia, la objetividad, la neutralidad y la verdad históricas, sobre el poder en y de la historia… todo ello ha pasado por alto que, al menos desde hace doscientos años, eso (objetividad, neutralidad, verdad y poder) no se piensa en la dimensión de la historia como texto, sino en la de la historia como lección en el salón de clase. La cultura baja o alta, en gran parte se socializa en las aulas y, desde su profesionalización la historia se ha vuelto educación, buena o mala; historia pues como enseñanza de libertad o como “introyección”. El hecho es que la historia no acaba de ser hasta que alcanza el salón de clase.
Tenorio Trillo comenta: La imaginación histórica tiene en el aula el laboratorio en el cual procesar información, aventurar explicaciones o provocar reacciones. Es en el aula donde se intenta el “veamos cómo suena si lo explico así”. Y es el que el aula es a la imaginación histórica lo que el molcajete a la salsa: se puede prescindir de él, pero no es lo mismo y se nota. ¡Se nota tanto! La carencia de aula en esas historias escritas como frente al espejo: el historiador ante su “nada más yo y mi lucidez” lo cual acaba en obviedades que el autor asume como grandes descubrimientos, aunque sean meras exageraciones o galimatías que el historiador no reconoce como suyas sino como producto de la ignorancia de los lectores.
Claro, un relato histórico no puede ser declarado bueno, objetivo, falso o revelador utilizando como criterio las horas de clase con que cuenta el autor. Pero si por casi dos siglos la historia ha sido ante todo para educar, ya es inevitable: el aula, a la buena, demarca los límites de lo imaginable para el historiador; a la mala crea el escenario con público cautivo para las danzas de ego de esos megalómanos tan dados a la fantasía: los profesores. De cualquier forma, el aula es y seguirá siendo un sólido “cómo” y un honesto “para qué” de la historia, concluye Tenorio Trillo.