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La salida de Adán Augusto López de la coordinación de la bancada de Morena en el Senado no es un movimiento menor ni una simple reconfiguración interna, me parece que es una señal política que sacude al partido en el poder y que confirma algo que desde hace tiempo se viene advirtiendo, en este instituto político no están tan cohesionados como presume en todos los niveles. Este relevo abre la puerta a múltiples lecturas, todas incómodas, porque exhibe tensiones, fracturas y estrategias de contención que, lejos de fortalecer al movimiento, alimentan la sospecha de una “implosión” silenciosa pero constante, y que muchos morenistas se han negado a reconocer, pensando que con el solo hecho de negarlo, la realidad será otra; pero es una realidad que el exgobernador de Tabasco, ha sido el perfil más incómodo para quien despacha en Palacio Nacional, y quizá solo por su relación con el grupo de López Obrador, hoy será inmune a todo.
La coordinación parlamentaria de la Cámara Alta es un espacio de poder real, de operación política y de control de agendas, donde incluso muchos levantaron la mano para ocupar ese espacio, máxime por lo que representa en la Junta de Coordinación Política, que Adán Augusto deje esa posición implica que algo se rompió o, al menos, se tensó al límite. Es de todos sabido que en Morena conviven grupos con intereses distintos, lealtades cruzadas y proyectos personales que no siempre ven hacia el mismo lado, sobre todo por lo que representa tener espacios sabiéndose “cobijados” por una marca; esta salida refuerza la idea de un rompimiento interno entre facciones que, aunque se vistan de una supuesta “unidad” en el discurso, en los hechos disputan el control y el futuro reparto de las candidaturas; incluso no es ésta la primer grieta que se da dentro del morenismo, pero sí una de las más visibles y delicadas.
Más allá del reacomodo político, lo verdaderamente grave es la ruta que podría estarse trazando para proteger a Adán Augusto, pues la versión de que podría ser enviado como embajador de México en el extranjero no puede leerse de manera ingenua, sería para proclamarlo “inmune”, a pesar de que no exista investigación en México, pero hacerlo para que cuando ésta llegue del extranjero, no se le moleste a uno de los consentidos de López Obrador. En la historia política del país, las embajadas han servido, en más de una ocasión, como refugio diplomático para personajes que han facilitado la llegada de Morena a las gubernaturas, y eso ha quedado más que evidente, pero en el caso del tabasqueño, de confirmarse esa opción, estaríamos frente a una estrategia clara de blindaje, utilizando la política exterior como escudo frente a posibles responsabilidades internas.
La Presidenta aseguró que no existe ninguna denuncia contra el exgobernador tabasqueño, ni en la Fiscalía General de la República ni en el área anticorrupción del gobierno federal; el problema no es solo la afirmación, sino lo poco creíble que resulta frente al cúmulo de señalamientos públicos que pesan sobre él, es decir, solo le faltó a la Presidenta asegurar que el legislador federal tiene las “manos limpias” de todo lo que se le acusa, incluso, afirmar que no hay denuncias no equivale a decir que no hay indicios, sospechas o responsabilidades que deban investigarse casi de forma automática por parte de las autoridades, el asunto radica en que Adán Augusto se sabe protegido, a pesar de las acusaciones tan graves, la ausencia de expedientes abiertos parece más una omisión deliberada que una prueba de inocencia.
Morena enfrenta así un momento crítico, la salida de quien fuera el coordinador parlamentario no solo reordena una coordinación en el Senado, sino que exhibe las contradicciones internas de un partido que prometió ser distinto. Si este episodio termina confirmando una estrategia de protección y silencio, el costo político será alto, como le fue para otros partidos que también han llegado a Palacio Nacional, así de simple, la historia podría repetirse.