Gracias a ellas, hoy en México la educación tiene voz de esperanza y, sobre todo, un futuro gigante que ya no conoce límites. Porque cuando una mujer aprende, Durango y México entero crecen.
El gorrión se volvió parte de esa utilería viva de la ciudad que sólo se nota cuando falta: el motociclista, la señora de los tamales, el policía recargado en una patrulla, la jacaranda en flor, la fila del camión, el perro dormido junto al puesto de periódicos. Está ahí, pero su abundancia lo volvió invisible.
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Nos parece lejano, pero no hace muchos años el destino de una niña se decidía antes de que aprendiera a escribir su nombre. El conocimiento y el futuro del país pertenecían a un grupo que no daba cabida a las mujeres; sin embargo, hoy nuestras hijas pueden soñar en ser gigantes de la ingeniería, medicina, política o educación, y no es por casualidad, sino porque hubo mujeres que, con una valentía silenciosa pero firme, decidieron que el saber no debía tener género.
Hablar de la educación en México es, en realidad, contar la historia de amor y lucha de miles de maestras, madres y pioneras. Ellas no solo enseñaron a leer y escribir, construyeron la escalera por la que hoy todos podemos subir. Son pioneras porque, paulatinamente, fueron abriendo puertas que por muchos años se mantuvieron cerradas.
Imaginemos a Rita Cetina en el Yucatán de finales de 1800, en un mundo donde a la mujer solo se le preparaba para ser madre y esposa, ella fundó una escuela para niñas y una revista escrita por mujeres. Rita entendió algo profundo: educar a una mujer es romper las cadenas de la ignorancia que pasan de generación en generación.
La influencia de las mujeres va más allá de los títulos universitarios; durante la Revolución, mientras el país peleaba con balas y fuego, las maestras rurales lo transformaban con pizarrón y gis. Mujeres como Rosaura Zapata entendieron que la educación debía empezar desde la cuna, con esta convicción impulsaron los jardines de niños cuando nadie creía que los más pequeños también necesitaban aprender. Estas maestras no solo daban clases, eran consejeras, enfermeras y líderes de sus comunidades. Fueron ellas quienes convencieron a los padres de que sus hijas también debían ir a la escuela, así transformaron la mentalidad de todo un pueblo desde el rudimentario salón de clases.
Hoy, cuando vemos a una maestra llegar a su escuela multigrado en la sierra, o a una madre sentarse con su hijo a hacer la tarea después de una larga jornada de trabajo, vemos esa misma llama que encendieron las pioneras del pasado. Las mujeres no solo han influido en el desarrollo de la educación, ellas han sido su alma, su presencia ha humanizado el aprendizaje, recordándonos que educar no es solo llenar cabezas de información sin sentido, sino formar corazones capaces de transformar el mundo.
En las últimas décadas, las mujeres han pasado del salón de clases a las mesas donde se toman las grandes decisiones. Hoy, más que nunca, vemos a mujeres dirigiendo la Secretaría de Educación Pública y diseñando los planes de estudio con el que aprenden millones de niños. Su sensibilidad ha permitido que temas como la igualdad, el respeto y la empatía dejen de ser “cosas de casa” para convertirse en pilares de la educación nacional. Esta influencia no se mide solo por cuántas son, ni cuáles puestos ocupan, sino por cómo transforman la manera de enseñar y de aprender. Las mujeres han aportado características que antes no eran prioridad en las leyes, pero que hoy son el corazón de la Nueva Escuela Mexicana.
Como sociedad, hemos entendido que las emociones influyen en el aprendizaje, han sido las mujeres las principales impulsoras de que la educación socioemocional sea parte oficial de los programas, priorizando la empatía, el manejo del estrés y la salud mental, tanto de alumnos como de maestros. Además, trasladaron la ética del cuidado del hogar al aula, esto ha significado reconocer que sentirse bien es el primer paso para aprender.
Son las maestras quienes tienden a ver la escuela no como un edificio frío, sino como una comunidad; en la práctica, esto ha fortalecido la alianza entre escuela y hogar. Las maestras y directoras actuales son las principales gestoras de que los padres se involucren, creando redes de apoyo que protegen a los niños más vulnerables, humanizando la burocracia escolar.
El cuidado y protección propias de las mujeres han sido clave para diseñar escuelas más inclusivas. Hoy, bajo liderazgos femeninos, se lucha con más fuerza desde las aulas porque las niñas sepan, desde el preescolar, que pueden ocupar cualquier puesto; además, se ha sustituido el castigo rígido por el diálogo, buscando entender la raíz de la violencia para sanarla desde el aula.
La creatividad es otra característica que ha permitido hacer mucho con poco, en comunidades donde los recursos son escasos; esta capacidad de gestión y ahorro ha permitido que muchas escuelas rurales y urbanas sigan funcionando dignamente, transformando materiales reciclados en herramientas pedagógicas y organizando a la comunidad para mejorar la infraestructura.
Hoy vemos a más mujeres en puestos donde se firman los presupuestos y se toman decisiones de alto impacto. Su influencia ha logrado que los contenidos sean más sensibles a la realidad social, menos centrados en la memorización y más enfocados en formar ciudadanos éticos y solidarios. La mujer ha pasado de ser quien “ejecuta” las clases a ser quien diseña el alma del sistema, aportando una mirada que equilibra la mente con el corazón.