Análisisviernes, 17 de diciembre de 2021
Ómicron y la desigualdad sanitaria global
Ómicron y la desigualdad sanitaria global
Edgar Alan Arroyo Cisneros
Una de las lecciones que ha dejado la pandemia Covid-19, sin duda alguna, es la profundización de la desigualdad en múltiples frentes. En un planeta donde desafortunadamente la iniquidad prevalece, este tópico se ha acentuado y ha provocado que regiones enteras carezcan de un efectivo acceso y ejercicio al derecho a la protección de la salud, que junto con el derecho a la vida, son dos ejes centrales ante la crisis desatada desde hace ya prácticamente un par de años.
El injusto acceso a las vacunas no era sino una bomba de tiempo para la aparición de nuevas variantes del virus SARS-COV-2, ocasionador de la enfermedad que tiene al mundo en vilo. En efecto, era cuestión de semanas o meses para que del continente africano emergiera una cepa preocupante del virus, capaz de transmitirse a gran velocidad y con efectos no estudiados en razón de la obvia novedad que representa.
El 24 de noviembre de este año, la Organización Mundial de la Salud (OMS) recibió la notificación de una nueva variante del nuevo coronavirus, la cual se detectó por vez primera el 11 de noviembre en Botsuana y tres días después en Sudáfrica. El 26 de noviembre, mientras tanto, la OMS rotuló a esta variante como “ómicron B.1.1.529”, siendo catalogada además como una “variante de preocupación”; en esta categoría hay evidencia de una mayor transmisibilidad, casos más graves de enfermedad, menos neutralización de los anticuerpos generados, menos efectividad de los tratamientos o vacunas o, en su caso, fallas de detección de diagnóstico.
África, desafortunadamente, ha sido la zona geográfica olvidada por las grandes superpotencias mundiales en el suministro de biológicos. Según datos de la empresa de análisis científicos Airfinity, los países que integran el G-20 han recibido la escandalosa cantidad de 15 veces más dosis de inmunizaciones contra el COVID-19 per cápita que los países de África Subsahariana. En octubre, apenas 15 países de este continente habían vacunado al 10% de su población, al decir de la propia OMS. Igualmente, en la mitad de los 52 países africanos, sólo un 2% de sus habitantes había recibido alguna inmunización, evidenciando un estado absoluto de injusticia y satisfacción de los derechos fundamentales antes señalados.
La manera mediante la cual los países más ricos del mundo acapararon los biológicos desde que éstas empezaron a estar disponibles no es sino un reflejo de lo mucho que nos falta por construir globalmente hablando cuando nos referimos a la equidad y los bienes fundamentales, en los cuales entran los fármacos y, desde luego, las vacunas -en tanto bienes vitales y bienes sociales, tal y como los ha acuñado y definido el eminente iusfilósofo Luigi Ferrajoli-.
La solidaridad, en definitiva, es la herramienta y la llave necesaria para combatir de formas más eficaces las pandemias que vengan en el futuro. Es un principio fundamental y un axioma público que también se aproxima a la idea de fraternidad, sin la cual la arena colectiva entra a escenarios donde las libertades y derechos brillan por su ausencia. Es necesario, en el mismo sentido, cuestionar el rol de los laboratorios farmacéuticos internacionales que producen las vacunas, ya que sus transacciones comerciales no deben ser al mejor postor sino procurando siempre el mayor ángulo equitativo posible. De lo contrario, actúan como poderes salvajes del mercado, en la muy acertada terminología del propio Ferrajoli, y lejos de contribuir a la democracia constitucional en todo el orbe, terminan por erosionarla. Las consecuencias están a la vista.