Análisisjueves, 8 de mayo de 2025
Cruzando líneas / Llueven balas
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Van 118 tiroteos masivos en Estados Unidos en lo que va de 2025. Es muy probable que, cuando se publique esta columna, se hayan sumado un par más de los que ni siquiera nos enteramos. Hay balaceras de las que no se habla y de las que no hay registro; se esconden las armas y las víctimas… se justifica la violencia. Solo aquellas que son ya muy descaradas son inevitablemente públicas, aunque no siempre escandalosas.
Hace poco, una celebración del 5 de mayo en Arizona se convirtió en tragedia: tres personas muertas y cinco más heridas. No fue un ataque planeado ni al azar, sino una riña que se salió de control en el estacionamiento de un restaurante de mariscos. Sorprendió, sí; pero no conmocionó. Hemos normalizado la violencia a tal punto que empezamos a culpar a las víctimas. “¿Quién sabe en qué andarían metidos?”, es lo que se murmura. No. Así no.
De acuerdo con una descripción vaga del FBI, para que sea considerado un asesinato masivo debe haber al menos tres víctimas mortales en cada caso; sin embargo, para otras organizaciones que llevan el conteo de la violencia en el país, la definición oficial no refleja la cruda realidad. Es decir, para ellas, un tiroteo masivo depende del número de personas que hayan sido baleadas, independientemente de las fatalidades; así que si hay un incidente en el que haya cuatro heridos o más por tiroteo -sin contar al perpetrador- es contabilizado como un incidente masivo. Esto no refleja los cientos de casos diarios de asaltos, incidentes de violencia doméstica, agresiones y otros crímenes relacionados con armas de fuego.
Lo que está documentado también es que, mientras en otros países como México la mayoría de las cruces se le adjudican al crimen organizado, en Estados Unidos los autores de las masacres son hombres, blancos y mayores de 30 años… y no necesariamente relacionados con un grupo delictivo. Sin embargo, dependiendo de la raza y las condiciones socioculturales, varía la percepción de la investigación: si el agresor es latino, se aclara su estado migratorio; si es negro, se justifica como una represalia de la opresión y el racismo; y si es blanco, se atribuye a un incidente de salud mental. Jodido todo.
El trauma del ataque no se termina cuando se vacía el cartucho o se alistan los funerales. Hay heridas que permanecen y se transmiten por generaciones. Algunos solo encuentran alivio a través de la misma violencia, porque no hay cómo darle sentido a lo que les pasó. ¿Quién cuida a los sobrevivientes?
Lo cierto es que, mientras nos distraemos con toda la retórica política sin sentido que vivimos en 2025, en Estados Unidos llueven balas. Entender la violencia armada en este país es una conversación que se ha pospuesto por ciclos electorales, es uno de esos temas incómodos que sacude a los que están en el poder y sus campañas. Los políticos lanzan disparos al aire sin ver a dónde cae la bala.
Es hora de que, desde abajo, como sociedad, dejemos de normalizar la violencia. No podemos permitir que sea la diferencia esa herencia que les dejemos a las nuevas generaciones que se crían entre tiroteos escolares y balaceras en las fiestas. Ya son demasiadas lápidas y llantos… y cada vez nos tocan más de cerca.