Cruzando líneas / Las canchas de la vida
La semana pasada su entrenadora me “sacó” de la banca. Los papás teníamos que hacer “reta” con nuestros hijos. Ellos demostrarían cuánto han avanzado en los entrenamientos y nosotros, qué les digo, lo mucho que hemos retrocedido por los kilos extra y el tiempo.
Nunca me había fijado cuánto enseña uno con el ejemplo. Matías es igual de descoordinado que yo, pero tiene mucho más potencial: es receptivo, escucha y lo intenta.
Los otros papás supieron identificar de inmediato cuál de todos esos niños era el mío.
Nos parecemos tanto: ninguno sabe sacar; recibimos las pelotas con los ojos cerrados; bailamos, festejamos, motivamos, nos divertimos y nos carcajeamos. Vemos el juego como es: un juego. Para nosotros no es una competencia, es otra cancha en la que podemos desplayarnos.
Hoy, desde la banca, la duela, la cancha o la cabina de radio, entiendo que mi juego no es ganar a costa de otros, sino seguir devolviendo pelotas, repartir porras, y recordar que en esta vida venimos a hacer equipo, no a eliminarnos. Y ojalá eso sea mi herencia en vida.

















