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Análisisjueves, 19 de marzo de 2026

Cruzando líneas / Pensar en voz alta

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Por eso hay momentos en los que me cuesta más el silencio.

Este clima político nos ha alcanzado y comienza a devorarnos. Hay que cuidar tanto las palabras como los sentimientos; hay que fajarse una coraza que proteja lo que pensamos y los subtítulos que se nos salen a través de miradas y gestos.

Quizá cuanto más nos acercamos a la verdad, más se ensancha la brecha con lo que queríamos creer o a quien creímos querer. Es un juego de palabras que tiene reglas muy jodidas y complicadas. Porque la razón es muy solitaria y el error, por su parte, también es desolador.

¿Cómo pueden las relaciones cambiar tanto en tan poco tiempo? Con quienes éramos, ya no podemos ser; a quien hablábamos, ya no escucha; a quien oíamos, ya no se pronuncia. Nos atragantamos. Nuestros debates se han convertido en monólogos y la fatiga nos ha vuelto apáticos.

¿Cuál es el antídoto para la indiferencia?

Quizá el antídoto para la indiferencia sea pequeño y tozudo: una conversación incómoda o una pregunta hecha sin ganas de ganar la discusión. Volver a pensar en voz alta con quienes aún nos duelen, aunque no nos creamos, aunque no nos aplaudan. Porque mientras quede alguien con quien arriesgar la palabra, la brecha no estará del todo perdida.

A lo mejor no hay antídoto perfecto para la indiferencia. Lo que sí hay es responsabilidad: decidir si nos quedamos a salvo detrás de la coraza o si nos exponemos otra vez al rechazo, a la rabia, a la desilusión. Pensar en voz alta siempre ha tenido un costo; lo verdaderamente peligroso es acostumbrarnos a que ya no valga la pena pagarlo.

Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresión

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