Cruzando líneas / El silencio de Dolores Huerta
Hay silencios que se comparten, que se explican con miradas o que se quedan en la historia como si esas pausas marcaran la partitura de la vida. Hay otros que se encierran hasta podrirse. No se hablan, pero se delatan. Así fue el silencio de Dolores Huerta.
También hay silencios de conveniencia. O de luto. O de duelo. O de amor. O de despechos. Hay muchos, de todos. Personales. Colectivos. Pero ¿qué los rompe?
Un grito. Unas sílabas. Un puchero. Una historia. Una lágrima. Una carcajada. Un suspiro. Una erupción. Un cauce. Una lluvia. El claxon. Un parlante. El micrófono.
El ruido.
Las memorias son ruidosas y poderosas. Despiertan. Si se acallan, condenan.
Dolores rompió muchos silencios. Sí se puede, claro; pero siempre ajenos. Hasta este.
No hay complicidad que aguante más de dos silencios. Aquí había más, tres al menos, pero con la estática de otra docena que podrían chillar. Me duelen todos, pero más el de ella; porque, aunque lo entiendo, me cala.

















