*Maestra en Docencia de la Educación Media Superior por la Escuela Normal Superior Plantel Navojoa (ENSN), y docente de dicha institución. Correo: ensn.aorozco@creson.edu.mx
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En la comunidad de Fundición, Navojoa, Reyna, la maestra de una escuela telesecundaria, utiliza la Inteligencia Artificial (IA) para hacer su clase de historia más dinámica y entretenida. Con ayuda de una popular herramienta de IA, genera historietas de hechos históricos llenas de acción y suspenso, para enganchar a sus alumnos.
Como Reyna, muchos maestros utilizamos la IA para un cúmulo de actividades, como hacer exámenes, juegos grupales, dinámicas de rompehielos, presentaciones de un tema en particular, peticiones, informes, etcétera. Ante este fenómeno, surge la pregunta: ¿realmente nos estamos preparando para un mundo dominado y ejecutado por la IA?
Manuel Area, investigador español experto en el tema, explica que el verdadero desafío radica en usar estas herramientas de forma creativa. Esto implica pensar más allá de las aplicaciones convencionales y buscar formas innovadoras de integrar la IA en el trabajo intelectual. Por ejemplo, en lugar de utilizar un generador de texto únicamente para redactar un ensayo, un estudiante puede emplearlo para explorar múltiples perspectivas sobre un tema, generar preguntas críticas o incluso debates similares.
Aquí es donde entra mi inquietud y preocupación, ya que a la IA es una tecnología con la que convivimos la mayor parte del día, como parte de un gran número de actividades cotidianas, desde Siri para levantarnos, los relojes inteligentes para medir nuestro ritmo cardíaco o si me hace falta tomar mas agua, las instrucciones de los sistemas georeferenciados, etcétera. A veces, sin darnos cuenta dependemos y nos sentimos perdidos si no tenemos internet.
Cuando era pequeña y miraba la caricatura de los Supersónicos y pasaban escenas tan futuristas, me parecía casi imposible creer que los robots pudieran ser nuestros sirvientes, que los autos volaran o se condujeran solos, que no existieran problemas de contaminación —ni naturaleza a la vista—, y las computadoras invadieran todos los hogares; yo, la verdad, no creía que ese mundo pudiera ser nuestra realidad.
Hoy, ya no veo tan lejano ese mundo invadido por la tecnología, y que se está insertando en nuestras aulas, con nuestros alumnos; donde una investigación, un ensayo, un rúbrica, un examen, entre tantas cosas más, pueden ser elaborados en minutos con las indicaciones precisas en el prompter; todo esto regido por la comodidad, ya que, con tocar un botón, o es más, sin tocar nada, solo con la voz, pidiendo las cosas, podemos lograr que se generen planeaciones, exposiciones, discursos y más.
¿Cuál es el precio que debemos pagar por esa “comodidad”, a la que nos estamos adaptando tan fácilmente? Es, quizá, el precio de cambiar una vida por otra, donde un empleo puede ser automatizado y/o sustituido por máquinas y robots que hagan la función de 5, 10, 100 o más personas —lo vimos de cerca cuando la pandemia de Covid propició una nueva normalidad con las clases a través de computadoras, cursos en línea o fuera de línea (offline), pantallas táctiles e inteligentes, asistentes de voz y un uso hasta abusivo de la IA para realizar múltiples actividades y funciones, como por ejemplo, ahorrar tiempo en lecturas, hacer organizadores gráficos, elaborar resúmenes, proyectos, todo para evitar pensar o trabajar mucho—.
Ahora es común ver en nuestros salones de clases alumnos sentados pegados a una pantalla del celular, recesos donde se interactúa a través del Whatsapp, Instagram, Tiktok, juegos en línea, etcétera, con compañeros de carrera universitaria absortos en el contenido de redes sociales a través de sus dispositivos móviles.
La IA puede ser aliada de los docentes, definitivamente, porque simplifica y ahorra tiempo en acciones repetitivas y ayuda a enriquecer el quehacer en el aula. Sin embargo, si no se utiliza de manera ética, crítica, reflexiva y reconstructiva, toda esa información puede de alguna manera limitar los procesos de razonamiento, pensamiento, procesamiento, y terminar por deshumanizarnos.
Con todo lo anterior no pretendo cambiar o frenar un mundo que marcha vertiginosamente, pero sí invitar a reflexionar sobre el uso responsable de la tecnología, específicamente de la IA, tanto en el quehacer docente como en el de los alumnos, transmitiendo modos de vivir de manera sostenible, recordando que la IA no es infalible, que no debemos permitir que nuestra creatividad perezca, y que por más digitalizado o tecnológico que se vuelva el quehacer, no debe desaparecer la compasión, la capacidad de asombro, la empatía, el respeto y las emociones propias del ser humano, que no podrán ser sustituidas por ninguna IA.