Mi gusto es... (o la otra mirada) / THERIANS
Ahora resulta que hay nuevas “especies” que no figuran en los censos del INEGI, pero sí en el algoritmo.
No habitan la selva Lacandona ni la Sierra de la Laguna: habitan la red. Su territorio no es el monte sino el feed. Y, sin embargo, caminan a gatas con una convicción que ya quisieran algunos constituyentes al firmar pactos sociales.
Portan unos disfraces como si estuvieran en su primer festival en el kínder, solo que, a cambio de recibir una condecoración de sus padres, los ven con suspicacia y ruegan unos que se vayan de ahí, antes que alguien más desquiciado que ellos arremeta contra su figura tirándoles una patada voladora o echándoles agua caliente.
Conviene aclararlo desde el principio: no estamos ante una mutación zoológica. La Comisión Internacional de Nomenclatura Zoológica —la entidad que decide qué criatura merece nombre en latín— exige identificación morfológica, publicación científica, espécimen tipo depositado en museo y registro formal. Nada de eso se ha presentado.
Pero si el fenómeno insistiera en solicitar audiencia, acaso habría que proponer requisitos alternativos:
Lo fascinante no es que alguien se asuma lobo, zorro o felino místico. Lo verdaderamente revelador es el momento histórico en que ocurre: justo cuando la identidad se produce, edita y distribuye con iluminación frontal.
El impulso no es nuevo. En los bestiarios medievales, cada animal era una lección moral. En Mesoamérica, el nahual no era disfraz sino ontología: el jaguar no se representaba, se encarnaba en otro plano. En la narrativa de Carlos Castaneda, don Juan Matus hablaba de transformaciones que no requerían filtro ni hashtag.
Antes, convertirse en animal implicaba rito y si no me creen, averiguen sobre Don Jaime, aquel anciano del barrio que echaba las cartas y se convertía en tecolote o sobre El Burin, peculiar hombre de edad avanzada que vivía remontado en el ejido Las Casitas y una que otra vez salía de su casa, volando y se posaba en lo más alto de unas matas de mango.
Hoy basta conexión segura y que no dejes de pagar tu plan.
Lo inquietante, sin embargo, no son quienes se declaran criaturas míticas. Lo inquietante es la facilidad con que la conducta pública abandona la racionalidad y abraza el gruñido.
Darwin jamás imaginó que su teoría sería citada cada vez que alguien sustituye argumentos por estridencia.
“El hombre proviene del mono”, aseguró el citado y luego de ver a más de un personaje de ayer y hoy ejerciendo la función pública, no queda más que darle toda la razón.
Conste: no se trata de zoofobia ni de escándalo moral. Se trata de espectáculo. La modernidad inventó el contrato social y el pudor de los instintos; el ciberespacio, en cambio, nos ofrece escenario y reflector.
En ese campo, nuestro país lleva a cabo la taxonomía popular con una precisión que ya quisiera Linneo y tal vez no sea que algunos quieran ser animales o al menos se esfuerzan bastante para conseguirlo.
Quizá lo que nos incomoda es que la frontera entre instinto y civilización siempre ha sido más frágil de lo que presumimos. El problema no es el lobo que se asume lobo. El problema es el humano que presume racionalidad… y muerde.
Luego llegó la modernidad, inventó el contrato social, la imprenta y el pudor de los instintos.
Quien quite y el problema no sea que algunos quieran volver a la selva. Quizá la selva nunca se fue. Cambió de formato, nomas. Mutó en foro, comentario, nota informativa, reel, performance identitario y debate televisado.
El lobo que se asume lobo, al menos, es coherente.
Repito: Más desconcertante es el humano que presume racionalidad… y muerde. Vaya que muerde.
Ahora tenemos a la gran pista de este circo, y según el programa de mano de esta sociedad del espectáculo, la enésima función ha comenzado:
El turno es para los therians.
Es entonces cuando la pregunta deja de ser morbo y se vuelve inevitable:
¿Quién está representando un papel y quién lo está viviendo?
El que esté libre de pecado, que ladre la primera piedra.

















