La Iglesia debe encontrar nuevos caminos para evitar que la indiferencia sea la normalidad
En su discurso de hoy con motivo de la Jornada Mundial del Enfermo, el Papa León pronunció estas palabras que explican cómo la fe puede ser una guía que indique la vereda para no dejar que la deshumanización se normalice.
El DIF Sonora y el voluntariado brindaron atención directa en materia de salud, asistencia social y gestión de trámites, facilitando el acceso a servicios esenciales sin costo alguno
Andrés Canale Segovia, seminarista, explicó que esta actividad se realiza año con año previo a la Fiesta de San José, patrón del Seminario, celebrada cada 19 de marzo
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Ciudad del Vaticano. La iglesia católica cada vez más atenta a los grandes males sociales que aquejan al mundo actual, busca siempre más afanosamente de llegar con sus mensajes, no sólo al sentimiento, sino a la cotidianidad y a la razón del hombre de la era informática, porque en éste, como en otros tiempos, los caminos del corazón y el sentimiento, no siempre son suficientes para todos y la fe católica, sin perder su esencia divina, enfrenta el grande desafío de llegar también al pensamiento de las grandes masas.
Como todas las religiones actuales la Iglesia Católica lidia con las grandes incertezas que enfrentan las sociedades modernas, los conflictos bélicos y geopolíticos, la inestabilidad económica, el aumento de las desigualdades sociales, el desastre climático, el impacto de la inteligencia artificial en el ámbito laboral y en la psicología de las nuevas generaciones, temas directamente relacionados con la vida moral y espiritual de las sociedades.
La Iglesia Católica ha mostrado grande temple para encarar los rápidos cambios sociales y tecnológicos y se está abriendo espacio con fuerza y determinación en la cultura de la inmediatez, el consumismo y las rápidas formas de comunicación súper tecnológicas que nos arrastran a todos en su frío y racional vórtice que no reconoce el lenguaje del alma humana.
Pero la Iglesia de alma y humanidad se entiende, es su terreno, el campo donde puede hacer germinar sus semillas y ver florecer sus plantas. En estos difíciles tiempos de grandes confusiones sociales y crisis económicas y, sobre todo, de grandes crisis morales, la Iglesia puede ser de gran ayuda a los espíritus heridos y desorientados por la ruda materialidad del mundo moderno.
Son varias las razones por las que la iglesia católica no se queda atrás y camina con firmeza al paso de los tiempos: en primer lugar, cuenta con una importante maquinaria de comunicación, seguramente una de las más potentes del mundo y está siempre al ritmo de la modernización tecnológica. Por otra parte, resulta esencial su discurso de la fe que es siempre actual e inteligente, que sin perder su profundo significado religioso logra llegar a las diversidades culturales universalizando así su ministerio.
Ya con Papa Francisco la iglesia experimentó un cambio profundo en sus mensajes y en la forma de hacer llegar la palabra de Dios a las masas, la sencillez de su discurso religioso se encaminó a tocar lo esencial de la vida social y cotidiana, se centró en la inmediatez y la universalidad del sufrimiento, la soledad y la marginación humana.
La Plaza San Pedro en el Vaticano está siempre llena de peregrinos procedentes de todo el mundo que vienen, no solo a admirar la monumental obra arquitectónica que es la magnífica Catedral de San Pedro, sino también para ver y oír de primera persona las palabras del Papa León XIV.
Palabras coherentes con la realidad actual, que sin dejar de lado el ritual, el rigor bíblico, religioso y divino logran convivir con los lenguajes de la modernidad y tocar los sentimientos de quien las escucha, pero también tienen la capacidad de motivar a la reflexión y al pensamiento sobre la decadencia moral que caracteriza este nuestro tiempo.
Decadencia moral que se ha instalado en la cúspide de los sistemas de gobierno y se refleja en los modos de gobernar y de hacer política de algunas de las grandes superpotencias económicas. La inmoralidad política de un gobernante con su propio pueblo, nunca será un buen ejemplo para nadie, y en este momento es una práctica que está metiendo en crisis enteras sociedades, quienes antes de detenerse a pensar en su propio comportamiento ético, deben primero pensar a sobrevivir el hambre y la pobreza.
Uno de los grandes desafíos de la fe católica en este momento es enfrentar la indiferencia, la indiferencia hacia la necesidad, al sufrimiento, a la marginación. Vivimos en un mundo donde la indiferencia al dolor, el hambre, al diverso, al inmigrante, hacia la soledad del otro se están comenzando a vivir como la normalidad.
“…el verdadero remedio para las heridas de la humanidad es un estilo de vida basado en el amor fraterno, que tiene su raíz en el amor de Dios». Deseo vivamente que no falte nunca en nuestro estilo de vida cristiana esta dimensión fraterna, “samaritana”, incluyente, valiente, comprometida y solidaria que tiene su raíz más íntima en nuestra unión con Dios, en la fe en Jesucristo”
Es un gran reto para la fe católica estar al paso de los tiempos y encontrar en su ministerio nuevos caminos para no dejar que la indiferencia y todas sus consecuencias echen raíces en los corazones de las multitudes. La Iglesia es una gran experta en humanidad y en este momento por encima de la ciencia, es quizá la única capaz de dar esperanza a un mundo adolorido y desorientado que perdió la brújula de la felicidad.