La obra realizada por el reconocido pintor, escultor y muralista hermosillense fue donada como un homenaje visual a la lucha del pueblo yaqui por la dignidad y la justicia
El módulo dos del programa de capacitación ofrece herramientas para diseñar, gestionar y compartir el patrimonio cultural de manera creativa y sostenible
Nacido en Santander, dejó un legado artístico entre España, México y Estados Unidos a través de su pintura que capturaba lo esencial más allá de la apariencia
Repensar el porvenir implica cuestionar los modelos tradicionales de éxito y aspiración / Foto: Cortesía | Pinterest
Crecemos en una sociedad que supone que el futuro queda hacia adelante, como en una especie de línea recta ascendente en donde realizamos sueños que nos han ido deslizando a lo largo de la niñez y la adolescencia como deseables. Una profesión, un matrimonio feliz, un buen trabajo o un emprendimiento exitoso, hijos sanos, perrito o gatito sedoso, una casa linda con coche ojalá del año, una vejez próspera y sana llena de nietos para conseguir un entierro homenajeado. Sin embargo, para millones estas aspiraciones encierran una gran frustración.
Estos futuros deseables o lo que se conoce como la violencia de la aspiración suelen provenir de la vida comprendida como marketing y que circula abiertamente por las máquinas de la imaginación: las industrias culturales que domestican las posibilidades y las ajustan a estándares del sueño americano. Incluso para aquellos que consiguen este tipo de vida, a no ser que nazcan en cuna de privilegios, esos logros se realizan con esfuerzos desmedidos y una idea de que es el individuo y su familia los responsables de su destino y de sus posibilidades. Es una visión de mundo centrada en la competencia y no en la colaboración.
Los llamados futuribles proponen construir sentido colectivo frente a la incertidumbre social / Foto: Cortesía | Pinterest
Para los millones que quedan fuera de la ecuación del éxito, la futuralgia les visita con frecuencia, ese dolor del tiempo que está por venir. Vivir al día, dependiendo de instituciones, patrones o de las propias búsquedas, produce una incertidumbre vertiginosa. Los días no son espacios vitales, son jornadas laborales extenuantes que incluyen desplazamientos, encuentros con desconocidos las más de las veces hostiles y el frágil repliegue ante un mundo desigual. A unos se les pide resignación y a todos se les insiste en que “le echen ganitas”.
Es cierto que sin importar el lado de la balanza donde nos encontremos, la mayoría creamos tácticas que nos hacen sonreír varias veces al día y establecemos tiempos para los encuentros, las pláticas y los convivios. La complejidad del futuro está habitada por la incertidumbre que se la delegamos al dios en el que creemos o a la suerte. Pensar en el futuro puede producir a la vez vértigo y esperanza.
Además, estamos en medio de una guerra mundial que empezó con el atentado a las Torres Gemelas y que en vez de terminar se recrudece incesante y en este 2025 esa velocidad se multiplicó con los cambios en el vecino del norte. Cotidianamente los medios de comunicación corporativos nos llenan de pesimismo: robos, asaltos, muertes, caos, corrupción, se trata de dejarnos inmóviles y espantados, poblados por una impotencia donde lo que tiene sentido es sobrevivir, quejarnos, aislarnos en pequeños mundos sin margen de maniobra y distraídos en redes sociales llenas de publicidad, propaganda y confrontaciones.
La imaginación y la comunidad aparecen como herramientas para habitar el futuro de otra manera / Foto: Cortesía | Pinterest
Como esa incertidumbre puede ser tierra de siembra o caída libre, existen otro tipo de futuros que denominamos futuribles -futuros posibles- un neologismo para aproximarnos a lo desconocido del mañana sembrando hoy, no desde la aspiración del progreso, sino desde la inspiración colectiva del bienestar y la convivencia que podemos construir juntos. Pequeños proyectos de comunidad que llenen de sentido las posibilidades del porvenir, sin pretensiones de cambiar el mundo en su complejidad o a nosotros como individuos separados de los demás. Se trata de la posibilidad de crear juntos espacios para la imaginación que llenen de sentido el tiempo y la vida.
Los futuribles no los rige el mercado ni la política de un país, ni las redes ni los medios, los vamos elaborando allí donde hacemos un huerto comunitario, un club de lectura o escritura creativa, donde hacemos recorridos nuevos o aprendemos juntos de nuestras memorias y de los patrimonios que hemos heredado, allí donde cambiamos nuestra mirada del mundo e intervenimos en él para construir sentidos más amorosos y esperanzadores. Nos deseo futuros posibles para el 2026.