
Pachuca, Hidalgo.- La historia de los antiguos Reales de Minas está íntimamente ligada al de sus cantinas, pulquerías y cabarets, centros que alcanzaron gran éxito por ser los sitios donde mejor se mitigaba la dureza y peligrosidad del trabajo minero. Eran espacios para olvidar el diario temor que significaba bajar a la mina con el riesgo de no regresar a la superficie, o bien, los espacios donde era muy fácil contraer padecimientos silenciosos en principio, aunque mortales cuando los signos de su existencia se delataban como presagio de una muerte segura. Gracias a la proliferación de estos sitios, Pachuca cobró la fama no muy grata de ser asiento liberal de estos antros a lo largo de los casi 500 años de trabajo minero, fama que los miembros de mi generación conocieron a la perfección derivada de la existencia de un impresionante número de cantinas y pulquerías, herencia, allá por años 50-60 del siglo pasado, de las etapas de la gran bonanza minera del primer tercio del siglo 20. Para identificar la ubicación de algún domicilio ya en los barrios altos, como en el mismo centro de la ciudad, era más fácil determinarlo por su cercanía con cualquiera de esos negocios, se decía vivo por la “Bandera Roja” o cerca de “La Estudiantina”, etcétera. En estas circunstancias se podían diseñar periplos etílicos; por ejemplo, en la calle de Ocampo, se empezaba con “El Regio” y se podía continuar por “El Campeón”, “La Cumbancha”, “El Reloj de Arena” y terminar en “La Conchita”. Otra ruta que los descarriados de entonces bien podían emprender, era a través de las cantinas de la céntrica calle de Morelos, podía iniciarse en “El Puerto de Llanes” ubicada frente al mercado Primero de Mayo, atendida por el caballeroso asturiano Fernando González Ballina y continuar por “La Nacional” del famoso “Churrero”, un refugiado español poco conocido por su verdadero nombre, que era Manuel Vidal, adorador a morir de “Tata Lázaro” como llamaban al general Lázaro Cárdenas; dos cuadras adelante se encontraba el “John’s Bar”, preferido de los estudiantes institutenses, porque ahí se aceptaba el empeño de libros u otros útiles escolares —confieso que ahí adquirí el cuarto tomo del Derecho Civil de Rojina Villegas, texto de cuarto curso de esa materia en la entonces Escuela de Derecho y Ciencias Sociales—; una cuadra más adelante se encontraban “Los Tres Reyes”, una de las más viejas pulquerías de la ciudad, y en la esquina siguiente “El T.O. K. Li” (El Teoocalli). Centro de reunión para litigantes que acudían a la “Casa Colorada” asiento del Tribunal Superior de Justicia, fueron “La Perla de Hidalgo”, situada en la esquina de Arista e Hidalgo, y “El Intermezzo”, en la esquina de Arizpe e Hidalgo, aunque podía incluirse también la de “Los Parranderos” en la esquina de Mina y Aldama. Otro recorrido podía hacerse por la calle de Abasolo, de “La Bandera Roja” a “La Vaquita”, pasando por “Las Lindas Mexicanas”, el “Quinto Patio”, “El Faro”, “La Unión de las Américas”, “La Barata”, con desviaciones al “Atorón”, “La Gloria”, “La Única”, “La Estudiantina”, “La Nueva Estrella”, “El Nocaut” y no sé cuántas más. En la calle de Guerrero el recorrido bien podría empezar en “El Tráfico”, “El Marinero” o “El Bar Cuco”, rescoldos en la calle de Galeana, de la multitud de estos centros existentes al inicio del siglo 20 —cuando llegaron a cerca de la docena, nada más en esa arteria— de nuevo en Guerrero el recorrido continuaba con el “Jokey Club”, casi frente a la entrada del cine Alameda, “Los Cuatro Vientos” en la esquina de Doria, donde también podía visitarse “El Salón Corona”, heredero de las glorias del “Benadíaz”, así como la cervecería “Don Quijote”, domiciliada en la esquina de Doria y Allende; al retomar la calle de Guerrero se encontraba “La Jalisciense” en la esquina con Rosales y más adelante “La Lonja” en el cruce con la de Nicolás Romero, donde la Tapatía daba cabida a los comerciantes del Mercado de Barreteros; sseguía “La Marítima” en la esquina con Covarrubias y finalmente, “La Mascota”, de un español chaparrito de extraordinario humor, donde se preparaban suculentas tortas de queso de puerco. Muchas más se me quedan en el tintero como el bar de “Los Baños”, “El Talín”, “El Salón Diana” del famoso “Bigotes”, “El Surtidor” y muchas otras, cuyos nombres cubrirían al menos tres notas como esta. Pero lo que más llamaba la atención sobre todo para los habitantes de la cercana Ciudad de México fue la “Zona de Tolerancia”, mejor conocida como “Zona Roja”, perímetro que estuvo hasta los años 50 en la Plaza de Francisco Eduardo de Tres Guerras, a una cuadra del Palacio de Gobierno —ubicado en la Casa Rule—. Aquella zona de libertades fue confinada años más tarde durante el gobierno del licenciado Vicente Aguirre, unos metros más arriba en la confluencia del entonces callejón de Santiago y la calle de Valentín Gómez Farías. En este último lugar, además de bares y cabarets, como: “El Nidito”, “El Palmar”, “El Salón México”, “El Cairo”, “El Pigale” y “La Negrita”, había un centenar de cuartos redondos llamados “accesorias”, donde se ejercía la prostitución controlada, la que en la Ciudad de México estaba totalmente prohibida. Un cabaret era realmente simbólico de todo aquel perímetro de tolerancias, “El Abanico” construido y administrado por la enigmática “María Teresa” y después por aquel excéntrico sexagenario, conocido como “Don Pepe” que acudía todos los domingos a los partidos de futbol del Pachuca, quien fue el inventor de la famosa porra “pachus, pachus ra, ra” que coreaba acompañado de dos o tres alcoholizadas suripantas. Finalmente, el lugar quedó en manos de Oscar Tirossino hasta que el presidente municipal Eduardo Valdespino Furlong cerró definitivamente la Zona Roja de Pachuca.. El Abanico fue llamado “La Casa del Caballero Hidalguense” en contraposición de “La Casa de la Mujer Hidalguense” inaugurada en 1957 en la naciente Plaza Juárez. A El Abanico asistían pobres y ricos, viejos y jóvenes, mineros, profesionistas, obreros, intelectuales, quienes acudían a aquel sitio, después de comidas o fiestas aburridas para solazarse con su variedad de media noche. Viernes y sábados, el torrente de parroquianos se duplicaba con la multitud de visitantes fuereños, a quienes se les veía deambular desorientados, preguntando: “¿Dónde está la sonaja?”, sitio idóneo para los descarriados de aquí o de fuera. www.cronistadehidalgo.com.mx Pachuca Tlahuelilpan, julio de 2017.