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Localviernes, 17 de agosto de 2018

Vivieron la inundación de 1973

Afirmaron que el evento fue pilar para que se formara un nuevo Irapuato

Karla Aguilera Rangel

Los niños teníamos curiosidad, los adultos tenían miedo”

“Todavía me acuerdo, la presa El Conejo se estaba llenando a su tope y había mucha incertidumbre, nadie sabía lo que iba a pasar, pero todo Irapuato estaba alarmado”.

“Nos subimos a las casas de concreto y el agua llegó hasta los tres metros, recuerdo que pasaban muchos animales, vacas y cerdos, incluso ataúdes entre la corriente, también había muchas coladeras destapadas y se llevaban a las personas por ahí”.

Martín Acevedo aseguró que después de la inundación Irapuato fue otro, se levantó del lodo y escombros, para dar un paso a una ciudad urbanizada, a pesar de haberlo perdido todo.

Fue muy feo, mucho desastre y muchas pérdidas”

Martha Gaytán tenía 10 años de edad cuando experimentó la inundación, donde recordar aquella fecha le provoca miedo y tristeza.

“¿Recordar otra vez? A mí me tocó cuando vivía en la calle Rhín e iba en cuarto de primaria en la escuela Niños Héroes, todavía les cuento a mis hijos cómo estuvo aquel día, fue muy feo, mucho desastre y muchas pérdidas”.

Martha contó que iba camino a las tortillas para comer con sus papás, hermanos y abuelos, cuando en el camino la gente decía que venía el agua, pero nadie decía nada; sin embargo, ella llegó a ver cómo las personas llegaban mojadas a sus hogares para advertir.

“Yo alcancé a regresar a la casa de mis abuelos, dejé las tortillas en la mesa y muy apurados nos dijeron que nos subiéramos, el agua llegó y siguió subiendo y subiendo, recuerdo que sólo se veían dos escalones de la escalera.

La familia de Martha Gaytán perdió todo, por lo que fue una de las decenas de familias que fueron apoyadas y fundadoras de la colonia 18 de Agosto.

Alimentó a su recién nacida con una mezcla de agua y azúcar

María Eugenia Estrada tenía a su hija de tres meses cuando la inundación llegó, donde tuvo que alimentarla con agua con azúcar para que no sufriera de hambre.

“Yo vivía en Lerdo de Tejada con mi cuñada, ahí me agarró el agua muy feo, recuerdo que el agua nos llegó hasta el cuello y tuvimos que irnos a otra casa para poder subir, yo llevaba a mi bebé y caminábamos por los techos para poder llegar a la casa.

“Me decían 'hazte livianita, hazte livianita', para que no me fuera a caer con todo y niña, entonces tuve que dejar la pañalera y todo en el agua lodosa y aceitosa”.

“Un soldado me ayudó a pasar la corriente, hasta que por el Templo de San José veo a mi esposo con sardinas y galletas, porque era lo único que había, los soldados venían a diario, en la mañana, medio día y en la noche para traer algunos alimentos”.

“Desde entonces aquí estamos, estaba muy feo cuando llegamos, había pura pata de sorgo, y en la noche no había nada, ni luz ni agua, entonces nos alumbrábamos quemando la pata de sorgo”.

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