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Localjueves, 2 de julio de 2020

“Yo ahí me rehabilité”: Juan

Así era la casa donde fueron asesinadas 26 personas

Oscar Reyes / El Sol de Irapuato

La casa tenía desde febrero de 2019 funcionando como anexo, pero desde septiembre es cuando empezó a tener a más jóvenes internados, según recuerda Raúl, el velador de la comunidad; había de todo, dice: adultos, jóvenes, menores de edad, hombres y mujeres.

Abajo, donde terapeaban los padrinos

El terreno de la casa de dos pisos que funcionaba como anexo mide poco más de 200 metros cuadrados, pero de construcción no sobrepasaba los 100 metros cuadrados.

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En la planta baja, los internos de ese anexo lo usaban para escuchar las terapias que les daban personas que servían como testimonio para decirles que la droga y el alcohol no eran los mejores caminos a seguir.

Juan Navarro estuvo anexado cuatro meses en ese lugar. Dice que está limpio y de vez en vez iba a visitarlos, para seguir escuchando a los “padrinos terapear” y cuenta cómo era vivir en esa casa.

“En la parte de abajo lo usábamos para comer y era donde terapeaban los padrinos; arriba era donde dormíamos. Nos dividíamos entre hombres y mujeres y yo siempre vi respeto, la carrilla común que luego alguien no aguanta, pero no pasaba de ahí, de unos empujoncillos.

“Abajo comíamos, abajo rezábamos, abajo bailábamos. Arriba nomás era para descansar”, dice Juan, quien en marzo de 2020 cumplió su internamiento.

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En el segundo piso fue la masacre

Martha Patricia vive a dos casas del anexo. Ella vio a cuatro hombres que colocaron una escalera, se brincaron al anexo y luego abrieron la puerta. Luego vio a cuatro muchachas salir del anexo y después escuchó más de 60 disparos.

En el segundo piso fue la masacre. A todos los hombres les ordenaron que se pusieran boca abajo y en fila india, uno a uno fue acribillado, según los informes oficiales.

Las calles Lerdo y Guanajuato hay más zozobra que lodo. Los habitantes temen que los agresores pudieran regresar, a pesar de que en la casa no hay nadie más que Milo y Boris.

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También lo único que queda son las sandalias de alguien, un calzoncillo azul marino colgado en la ventana, unas sillas y tres guayabas mordidas en la escalera. También unos tres metros de cinta amarilla, la que usaron para acordonar el área del crimen.

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