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Por infortunio, ninguna. Está puede crecer sin límites en el tiempo y en sus expresiones. Pero también, como parte negativa del espíritu humano y de la sociedad, también, la bondad, la solidaridad, la compasión, tampoco.
Lo que viene sucediendo en la historia reciente y contemporánea de México, es una desafortunada secuencia de diversos tipos de violencia selectiva y, en ocasiones, generalizada. La formación de nuestro país como Nación independiente, fue consecuencia directa de una dilatada y cruel guerra, que duró poco más de 14 años. De 1810 a 1824. Pero como sabemos, la cuestión no acabaría allí.
Siguió una larga secuencia de violentos conflictos y guerras internas, invasiones extranjeras, la llamada Guerra de los Tres Años o de Reforma, que terminarían hasta la imposición de la dictadura de Porfirio Díaz. En términos cronológicos y comparativos, los años de paz impuesta palidecen ante la irrupción de la dilatada y con frecuencia calificada como la salvaje Revolución Mexicana. Nuevamente pasarían casi veinte años para lograr la pacificación del país. Así, se abrió un período de estabilidad y desarrollo, mismo que marcaría el siglo XX de México. En lo que llevamos del siglo XXI, la dinámica de la violencia criminal, como tristemente sabemos, es uno de los rasgos distintivos de estos años.
Se puede argumentar, con cierta razón, que la violencia que ha acompañado a nuestra historia es de carácter ideológico, reivindicativo para las causas sociales, así como que el resultado es el país que hoy tenemos. Cierto. Sin embargo no puede negarse que, esa misma violencia y crueldad, trae consigo atraso, injusticias, corrupción, impunidad, concentración de la riqueza, entre otros muchos males que colocan al país en la ruta de la crisis social e institucional. Desde luego que hay un evidente contraste en las causas de la violencia que nos agobia desde que nacimos como país independiente, pero, como expresión inhumana, el resultado es el mismo.
Lo sucedido en las últimas semanas, sobre todo con referencia al magnicidio de Carlos Manzo, alcalde de Uruapan, Michoacán, precedido del ya largo periodo de violencia criminal en el estado de Sinaloa, sin dejar de lado el homicidio del dirigente de los productores de limón, también en Michoacán, Bernardo Bravo, refuerza la desafortunada hipótesis de que la violencia y la crueldad son indeseables acompañantes en la historia de México. Por eso, subrayo que explicar de ninguna manera implica justificar. Los brotes de inconformidad social se reproducen, al igual que las reacciones de los gobiernos en cuestión, a respuestas inmediatas, y cuyos efectos, aunque son de todo justificables, alcanzan un relativo impacto en la conciencia social. Espero ahora estar equivocado.
En su interesante libro,Por qué mata el hombre (Jus, 2014), Teresa Waisman se adentra lo mismo en el espacio de la filosofía, que de la biología, para intentar explicar esa propensión que acompaña al desarrollo de la humanidad. Desde los libros sagrados como la Biblia, la Torá y el Corán hasta la guerras mundiales y los conflictos armados contemporáneos. Sin embargo, la autora hace una profunda observación: eso no significa aceptar como inevitable la incidencia/presencia de la violencia como una acompañante sistemática de la historia. Esto es, en efecto, lo que en el México que vivimos tenemos que evitar: que incorporemos, como parte de la narrativa y la vida cotidiana, a las expresiones asesinas y crueles.
La dilatada trayectoria de la actividad criminal en nuestro país, que aunque es difícil señalar una fecha precisa, por lo menos se remonta a la década de los años sesenta del siglo pasado. Desde entonces, sus manifestaciones aumentan en número, extensión geográfica, diversificación delictiva y agresividad. Es momento de tomar acciones para, al menos, su contención.