Del dominio público
Del dominio público
El Sol De Zamora
Eva E. Arreola
El grito ahogado de Valentina
Valentina no murió aquella noche del 29 de junio, después de tres días en que los médicos intentaron infructuosamente salvar su vida. Valentina perdió la vida desde que sus gritos de auxilio se perdieron en el vacío de su propio entorno.
Los testimonios que hoy se conocen de vecinos y familiares de Brenda y Diego, los padres de Valentina, son tan desgarradores como indolentes, pues ellos también la mataron con su silencio e indiferencia.
Aunque ella trabajaba y debía dejar sola a su hija con Diego, la joven madre sabía que algo muy grave estaba pasando. Decía a sus allegados, que a Valentina se le notaba el miedo, mucho miedo, con que veía a su padrastro.
Ella misma presenció, en el mes de marzo, cuando el energúmeno agredió a la pequeña mordiéndole la entrepierna ante los ojos de su madre, a la que también sometió a golpes sólo porque podía hacerlo, sólo porque todos callaban.
Y así callaron también otro episodio, donde Valentina alertó con las palabras de su inocente edad, del contacto físico, alevoso y sucio, que el padrastro ejercía contra ella en la ausencia de su madre.
Pero ni eso, ni las marcas de violencia en el cuerpo –menos aún las del corazón y del alma que también le fueron destruidos a Valentina-, ni la súplica de la niña para no quedarse más en casa al ver salir a su madre al trabajo, tuvieron eco.
Los médicos le diagnosticaron fractura de pelvis, múltiples golpes, daño en el hígado, desgarre en genitales y otras lesiones que finalmente apagaron su corta vida. Sus gritos no fueron escuchados. Se ahogaron en la nada.



















