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El sentimiento de pérdida, incluso cuando se trata de algo material, tiene raíces profundas en nuestra conexión emocional con los objetos y lo que representan. Perder algo que apreciamos puede causar un complejo sentimiento de angustia. Mientras estamos vivos las cosas materiales pueden ejercer poder sobre las personas, por más que después de la muerte, todas las pertenencias se quedan en la tierra, tal vez, con los recuerdos, vivencias, o incluso nuestra identidad.
Los niños se angustian cuando pierden sus juguetes, he visto a mis hijos hablar mientras duermen, durante sus sueños con esas cosas perdidas. Recuerdo vagamente mi infancia, algunos sueños donde encuentro mi juguete favorito y lo aprisionó entre mis manos, pero al despertarme, se esfuma como un recordatorio de la pérdida, como si la realidad se impusiera con su frialdad.
A lo largo de la vida, acumulamos objetos que, sin proponérnoslo, se convierten en portadores de historias y de sentimientos: una casa, testigo de momentos especiales, un anillo de boda que simboliza una unión, un juguete de la infancia que guarda la esencia de quienes fuimos. Perderlos, aunque sean cosas materiales, no deja de doler, porque ellos llevan consigo parte de nuestra narrativa personal.
Sin embargo, ese mismo sentimiento de pérdida también nos enseña algo profundo sobre nuestra humanidad: la impermanencia. Incluso con la conciencia de que nada nos pertenece de forma definitiva, el acto de perder y, a veces, de reencontrar, nos conecta con la fragilidad y lo transitorio de la existencia. Cuando encuentras algo preciado, ese instante de alegría no fue solo por lo encontrado, sino por lo que representaban: un pequeño triunfo contra el tiempo y el olvido.
En este vaivén de perder y encontrar, quizás también se refleja nuestra relación con el tiempo perdido, con las memorias que queremos rescatar, con las oportunidades que tememos haber dejado atrás. Cada objeto hallado parece traernos una pizca de redención, como si con ellos pudiéramos rescatar un pedazo de nosotros mismos. Y aunque sabemos que el tiempo no vuelve, que lo perdido a menudo no regresa, estos pequeños reencuentros nos emocionan porque nos recuerdan que, a pesar de todo, aún hay cosas que pueden regresar al presente y llenarnos de alegría.
Ese contraste entre el vacío de la pérdida y la efímera, pero intensa alegría del reencuentro habla de nuestra naturaleza humana: de nuestra necesidad de aferrarnos a algo, de nuestra resistencia al desapego, pero también de nuestra capacidad de encontrar belleza en las pequeñas recuperaciones, aunque sepamos que, al final, todo quedará aquí, mientras nosotros seguimos adelante, a otros mundos, a otros espacios y tiempos que tenemos que descubrir.