Análisisdomingo, 13 de abril de 2025
El mundo iluminado / ¿Esta vida otra vez?
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Sin excepción, todos nos hemos preguntado qué haríamos si pudiéramos viajar al pasado. En el caso del pasado histórico lo que nos gustaría sería conocer a algún personaje relevante, atestiguar un fenómeno natural crucial para la evolución o sencillamente curiosear con nuestros ancestros genealógicos. Pero también hay otro tipo de viaje al pasado y es el que en nuestra imaginación hacemos hacia algún episodio de nuestra propia vida, ¿y si pudiéramos volver en el tiempo de nuestra existencia, para qué sería? ¿Para volver a vivir un momento feliz? ¿Para estar de nuevo con alguien a quien extrañamos? ¿Para evitar un error o tragedia que nos afectó directamente?
Indudablemente vivir no es sencillo, todos lo hacemos de manera improvisada y más o menos aprendiendo de cada una de las experiencias que tenemos. Socialmente se tiene la creencia de que una planeación y proyección de nuestros intereses y aspiraciones aseguraría que podamos llegar hacia donde imaginamos, y si bien estas prácticas podrían servir de algo, lo cierto es que la ingente cantidad de sucesos aleatorios a que estamos expuestos, terminan fracturando muchos de nuestros planes. De ninguna manera se trata de vivir sin un horizonte, pero es importante saber que no porque sepamos cuál es la meta, podremos llegar a ella.
Esencialmente, en la vida vamos a la deriva y la existencia se nos muestra como una manifestación del sinsentido. Hay momentos que son sumamente gratos y que atesoramos en la memoria, pero quizás sea mayor la cantidad de episodios desagradables o intrascendentes que hemos experimentado. Para aminorar esta sensación de falsedad nos inventamos historias, posiciones de poder, actividades que en el fondo son insignificantes y navegamos en este barco de fantasía día con día, aunque sabemos que lentamente el barco se está hundiendo en el océano del absurdo y nosotros junto con él.
Cada mañana, al despertar, lo hacemos con la convicción de cumplir con nuestro deber, y de actividad en actividad se nos va el día, la semana, el mes, el año y la vida en sí misma, sin embargo, ¿este “cumplir con el deber” es genuino o simplemente la replicación de costumbres sociales que damos por verdaderas sin que nunca las hayamos cuestionado? Y es que aunque no lo aceptemos, en realidad no sabemos hacia dónde se mueve la existencia de uno mismo, de ahí que las ideas, creencias y significados que le damos a la experiencia humana, a fin de poder sobrellevarla con una mediana calma, no sean más que placebos para resistir un amanecer más.
Que seamos incapaces de comprender el sentido profundo de la existencia no significa que no podamos disfrutar de las actividades cotidianas, así como tampoco nos salvamos de experimentar sufrimientos, dolores y congojas. Independientemente de si comprendemos el sentido de la vida, es un hecho que estamos viviendo, consciente o inconscientemente, no importa, a fin de cuentas vivimos y hay que hacer algo con eso. ¿Y de aquello que estamos haciendo o dejando de hacer, aún cuando desconozcamos su verdadera trascendencia, podríamos decir que nos sentimos orgullosos, satisfechos, avergonzados o arrepentidos?
¿Cómo es que hemos llegado hasta aquí? Valdría la pena que cada quien se hiciera esta pregunta a nivel personal procurando considerar tanto lo que hemos hecho bien, como los errores en los que hemos caído, pues a fin de cuentas somos el resultado de la suma de todos esos episodios. Llegar hasta el punto en el que nos encontramos, independientemente de si ha sido fácil o no, ha sido confuso. Para vislumbrar la calidad de la existencia propia, que cada quien se pregunte: ¿Por qué tengo la vida que tengo? ¿Por qué tengo este empleo? ¿Mis relaciones interpersonales son la consecuencia de qué? ¿Comprendo cuáles son mis responsabilidades, independientemente de su veracidad o necesidad? ¿Es esta la vida que imaginé en la infancia?
El examen de la vida propia es fundamental cuando se busca romper con el automatismo y disminuir los errores que nos acercan a las desdichas. De la revisión consciente de la vida propia, alejados de toda posición de cómodo victimismo, se nos presentan preguntas como: ¿Si pudiera volver al pasado, cambiaría algo de mi propia vida? ¿Hay algo de lo que me arrepiento? ¿Estaría en la disposición de volver a vivir esta vida que ahora tengo? El filósofo Federico Nietzsche, en su obra La gaya ciencia, lo expone de la siguiente manera:
«¿Qué pensarías si, en la más profunda soledad de tu existencia, un demonio se acercara sigilosamente y te susurrara: “Esta vida que vives ahora, tal como la has vivido hasta este instante, habrás de repetirla una y otra vez, innumerables veces más. No habrá en ella nada nuevo: cada dolor y cada placer, cada pensamiento y cada suspiro, todo lo infinitamente pequeño y grandioso que has experimentado regresará del mismo modo. ¿No te arrojarías al suelo rechinando los dientes y maldiciendo a ese demonio? ¿O acaso vivirías un instante sublime en el que, estremecido, le responderías: “Eres un dios; jamás había escuchado palabras más divinas”? Si este pensamiento se apoderara de ti, te transformaría por completo, quizás hasta en un tormento ineludible. Pues la pregunta que pesa sobre cada acto y cada momento —”¿quieres que esto se repita eternamente?”— sería la más abrumadora de las cargas.»
El dilema filosófico que plantea la repetición exacta de nuestra existencia se resume a dos posibilidades: la primera es que si uno aceptara repetir su vida de la misma manera, significaría que uno ha encontrado la llave de la tranquilidad y de la dicha; la segunda, y que posiblemente sería la respuesta de la mayoría, es que si uno se negara a repetir su existencia tal y como hasta ahora ha ocurrido, entonces valdría la pena que se preguntara a sí mismo: ¿por qué no?, ¿qué hay de malo en mi vida?, ¿qué cambiaría? y ¿por qué no lo he cambiado ya? Saber si uno es feliz, se resume, sencillamente, a responder si uno estaría dispuesto a vivir esta vida otra vez.