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El expresidente de la República Andrés Manuel López Obrador, decidió salir del retiro político una vez más, dejando una sola pregunta: ¿Y ahora para qué? ¿Fue para enviar un mensaje tardío a los soldados caídos en el reciente operativo contra el líder del CJNG? ¿O para aclarar las cifras que presentó en su conferencia mañanera la presidenta Claudia Sheinbaum, que apuntan a la administración obradorista como el periodo con más desapariciones registradas en la historia reciente del país? Por supuesto que no.
El pasado sábado, el exmandatario reapareció públicamente con un mensaje en redes sociales en el que expresó su preocupación por lo que describió como intentos de “exterminar a Cuba”, aunque esto sin mencionar directamente al gobierno del presidente estadounidense Donald Trump. López Obrador llamó a la solidaridad con el pueblo de cubano, al grado de solicitar donaciones de apoyo para enviar a ese país. La declaración no pasó desapercibida. No solo porque proviene de un expresidente que asegura haberse retirado de la vida pública, sino porque revive un debate que ha mantenido a México en la polémica: su respaldo político al régimen cubano.
El planteamiento resulta polémico por varias razones. La crítica internacional hacia la dictadura de La Habana no está dirigida contra el pueblo cubano, sino contra el sistema político que lo gobierna desde hace más de seis décadas. Un sistema que ha expulsado a millones de personas de su propio país. Durante años, miles de cubanos han construido balsas improvisadas con madera, cámaras de llantas o cualquier material que flote y se han lanzado a mar abierto con la esperanza de llegar a Estados Unidos. Muchos lo hacen sabiendo que podrían morir en el intento. Pero aun así lo prefieren antes que quedarse en la isla.
Las imágenes que salen de Cuba también muestran otra realidad difícil de ignorar: ciudadanos buscando alimentos entre la basura, apagones que paralizan ciudades enteras y una población cada vez más desesperada por sobrevivir. A ello se suma un pasado obscuro, que incluye campos de trabajo forzado para opositores y disidentes durante los primeros años de la revolución, episodios que forman parte de la historia más incómoda del régimen al que, con tanta vehemencia han defendido tanto López Obrador como Claudia Sheinbaum.
Con ese contexto, el llamado a enviar donaciones inevitablemente genera preguntas, pues no es la primera vez que López Obrador impulsa una colecta en nombre de una causa social. La última ocurrió durante su campaña presidencial de 2018 a través del fideicomiso “Por los Demás”, creado tras los sismos de septiembre de 2017 con el argumento de apoyar a los damnificados, posteriormente, el Instituto Nacional Electoral determinó que dicho fideicomiso operó con irregularidades: no fue reportado adecuadamente, recibió recursos de origen no permitido para partidos políticos y registró retiros en efectivo sin plena transparencia. El resultado fue una sanción de 197 millones de pesos para Morena, así que, con esos antecedentes, qué garantía tenemos de que una colecta impulsada por el expresidente Obrador realmente llegue a quienes dice querer ayudar.
Pero incluso dejando de lado ese antecedente, la realidad es que la crisis cubana difícilmente se resolverá con colectas solidarias. El problema de la isla no es la falta de donaciones ocasionales, sino el agotamiento de un modelo económico y político que hoy parece estar al borde del colapso, ya que Cuba atraviesa una severa crisis energética que ha provocado apagones prolongados en todo el país. La desesperación de la población ha derivado en protestas espontáneas para exigir el restablecimiento del servicio eléctrico y mejores condiciones de vida. Y aun así, incluso en medio de la oscuridad, el régimen ha respondido con detenciones. Porque en Cuba podrá faltar la electricidad, pero siempre parecen existir recursos para reprimir a la población.
Sin embargo, más allá de lo que ocurre en la isla, la reaparición de López Obrador también tiene consecuencias dentro de México, pues cada vez que el expresidente vuelve a intervenir en el debate público, inevitablemente influye en la dinámica de la política interna. Su figura sigue siendo central dentro del movimiento que llevó al poder a Claudia Sheinbaum, y sus declaraciones funcionan como recordatorios de que su liderazgo continúa gravitando sobre la estructura política que construyó durante años.
Esto ocurre además, en un momento particularmente complejo para el actual gobierno. Apenas la semana pasada, la reforma electoral impulsada desde Palacio Nacional fue bateada en el Congreso, evidenciando tensiones dentro de la propia coalición oficialista. A ello se suman resistencias internas dentro de Morena y desafíos abiertos a la autoridad presidencial, ahí están los casos del menor de los Monreal o del gobernador de San Luis Potosí, quienes han retado públicamente la iniciativa contra el nepotismo promovida por la presidenta. O el episodio que rodeó la salida de Marx Arriaga, cuya destitución —a pesar de tratarse de un funcionario de bajo rango— generó un inusual nivel de confrontación dentro del propio movimiento.
Todos estos episodios apuntan a una misma conclusión: la consolidación del poder tras la salida de AMLO aún no termina de completarse. Y cada nueva aparición del expresidente, lejos de ayudar a cerrar ese ciclo, parece recordarle al país que la transición política dentro del oficialismo sigue inconclusa, y ahí es donde surge la paradoja: López Obrador afirma estar retirado de la vida pública, pero sigue interviniendo en el debate político. Expresa preocupación por la situación de Cuba, pero en México millones de personas siguen enfrentando problemas urgentes, ¿Porque no pide donaciones para las personas que se quedaron sin medicamentos por su culpa? ¿Por qué no pide donaciones para los miles de huérfanos que quedaron sin padres por su política de abrazos a los narcos? ¿Por qué?
Es bien sabido que cada vez que reaparece en el debate público, su voz no solo se escucha en México sino que también llega a Washington, y en un momento en el que distintas investigaciones y señalamientos han puesto bajo la lupa a personajes cercanos a su entorno político y hasta familiar, asomar demasiado la cabeza podría tener serias consecuencias, quizá el expresidente deba conducirse con cuidado pues, a veces los mensajes políticos cruzan fronteras, y no vaya a ser que algún día termine viéndose en el mismo espejo en el que hoy se refleja su otro aliado en la región: Nicolás Maduro.