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Análisislunes, 6 de enero de 2020

La aventura de Montero Ponce

La vida fue tan generosa con don Enrique, que le concedió dejar de existir un 4 de enero, justo el día que se celebra en México el Día del Periodista.

No podría ser de otra manera, cuando fue precisamente la generosidad el signo distintivo de la trayectoria personal y profesional de don Enrique Montero Ponce, cuyo deceso a la edad de 91 años ocurrió el pasado sábado.

En efecto, a sus cualidades innatas de comunicador a las que nos hemos referido otras veces y que están exentas de toda duda, resulta obligado añadir su don natural y permanente vocación por apoyar a los demás.

Podría decirse que Don Enrique fue un hombre generoso que supo vivir, en la más completa acepción de la palabra.

Esto es, disfrutaba al límite todo lo que hacía, incluso aquello que rebasaba su cotidiana labor informativa.

Y de ahí su frase tantas veces repetida, su exhorto tan incisivo como convincente de “no desperdiciar ni un momento, la excitante aventura de vivir”.

Así tituló precisamente el último de sus libros: “La aventura de vivir”, en la que narra 25 historias que significativamente marcaron su largo trote profesional.

Al respecto, el propio don Enrique diría en ese texto, que esa acción de vivir “no es ninguna aventura si no se está decidido a correr riesgos para que las aspiraciones no sólo queden en sueños”.

“Lo digo, concluía, por los casi (más de) 90 años que llevo experimentando este proyecto”.

Ahí está secreto y el gran legado de don Enrique.

Montero Ponce hizo fama y prestigio; construyó una historia pródiga de vivencias, fue un gestor inagotable, entendió y asumió muy bien lo que es el ejercicio del poder, pero sobre todo, hizo amigos y a todos ellos irradió de manera desbordada su inagotable generosidad.

Fue por igual un maestro de varias generaciones de periodistas y todo un referente que, como es natural, generó controversias, polémicas y envidias. Un personaje inigualable que ya es leyenda.

Alguna vez pidió que no hubiera lamentos cuando lo llamara “su Dios”.

“Cuando ocurra –escribió- , no me lloren. Al contrario, celébrenlo”.

Y así es, querido don Enrique.

En el recuerdo celebraremos siempre tu excitante, generosa y espléndida aventura de vivir.

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