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Análisislunes, 13 de abril de 2026

La decadencia del INE

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“¡Al diablo con sus instituciones!”, gritaba en 2006 Andrés Manuel López Obrador. Pocos imaginaron que, dos décadas más tarde, aquella consigna dejaría de ser arenga para convertirse en síntoma.

Porque no se necesita desmantelar una institución para debilitarla. A veces solo basta con ocuparla.

Y de ese modo el problema no sería quién gana las elecciones, sino quién decide cómo se ganan, es ahí donde la discusión deja de ser burocrática para volverse estructural. Porque si el árbitro entra al terreno de juego, el partido deja de ser competencia y se convierte en simulación.

Por eso, el problema no es únicamente quién llega al INE, sino en qué contexto lo hace y bajo qué percepción pública. Porque cuando la duda se instala, no necesita pruebas para expandirse; le basta con la sospecha para minar la legitimidad.

Y en ese contexto, el debilitamiento del árbitro no es un problema aislado, es un síntoma de algo mayor, porque cuando el árbitro pierde credibilidad, el problema ya no es electoral. Es de régimen.

Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresión

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