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El arranque del segundo mandato de Donald Trump no solo ha sido más estridente que el primero, sino también más calculado. Desde el primer día, el discurso hacia México ha transitado de la retórica electoral a una narrativa de seguridad nacional, donde nuestro país es presentado en muchos casos como el catalizador de las múltiples crisis estadounidenses, por ello las deportaciones masivas han retomado ritmo —con operativos ampliados en ciudades santuario y redadas laborales—, se han endurecido también las políticas migratorias, que han comenzado a afectar las remesas que llegan a nuestro país, ya que en 2025, estas registraron una caída cercana al 4.6%. Sin embargo, más allá de la estridencia mediática, el verdadero movimiento de Washington parece haber sido guardar un as bajo la manga, uno que no se juega en la superficie del discurso, sino en la arquitectura legal, diplomática y militar que se ha venido construyendo silenciosamente.
Esta posibilidad descansa sobre cuatro pilares que, analizados en conjunto, revelan una estrategia mucho más sofisticada de lo que aparenta. El primero es la intención de catalogar a los cárteles mexicanos como organizaciones terroristas, este movimiento no es menor, pues implica trasladar el combate al crimen organizado del ámbito policial al terreno de la seguridad internacional, abriendo la puerta a operaciones extraterritoriales. Paralelamente, el segundo punto fue haber clasificado al fentanilo como un arma de destrucción masiva, lo que elevó el problema de salud pública a un nivel geopolítico, justificando también medidas excepcionales. No se trata únicamente de combatir el narcotráfico, sino de construir un caso que permita actuar bajo doctrinas similares a las utilizadas en otros conflictos internacionales.
El tercer elemento es la creación del llamado “escudo de América”, una iniciativa de cooperación regional que, significativamente, excluye a México. Esta exclusión no es un descuido diplomático, sino un mensaje político. En ese foro, frente a otros jefes de Estado, Trump no dudó en señalar a México como epicentro de la violencia derivada del narcotráfico, desplazando la responsabilidad hacia el sur y construyendo consenso internacional para eventuales acciones militares, como ya ocurrió en Venezuela y Ecuador, mostrando así que en política exterior, el aislamiento selectivo suele preceder a la presión directa y México, en este contexto, no es aliado ni socio estratégico, sino el problema a resolver.
El cuarto punto es quizás el más delicado: los procesos judiciales en curso contra figuras de alto perfil como Nicolás Maduro y el narcotraficante Ismael “El Mayo” Zambada. En ambos casos, la expectativa gira en torno a posibles declaraciones que involucren redes de complicidad política y financiera. Si de estos juicios emergen nombres de actores relevantes dentro de México, el argumento para intervenir dejaría de ser hipotético y pasaría a sustentarse en evidencia judicial, y la historia reciente ha demostrado que Washington no necesita certezas absolutas para actuar; le basta con construir una narrativa suficientemente sólida para legitimar sus decisiones.
Todo esto al margen de que en la superficie, la relación entre Claudia Sheinbaum y Donald Trump se ha manejado bajo una aparente cordialidad institucional, sin embargo lo cierto es que las tensiones no han desaparecido, solo se han desplazado fuera del foco mediático, por lo que la pregunta que comienza a tomar forma es inquietante: ¿y si el “caso México” no se ha abandonado, sino simplemente se está reservando para el momento políticamente más conveniente?
El primer indicio de esta lógica se observa en la manera en que Trump ha manejado otros frentes internacionales, como la presión sobre el régimen venezolano que inició con amenazas, sanciones y maniobras de negociación, igual que con México, hasta que se llegó al punto del endurecimiento discursivo, apertura táctica y finalmente, acciones unilaterales. Este estilo, más que improvisado, responde a una doctrina de presión escalonada que busca maximizar beneficios políticos internos.
En el caso de Medio Oriente, por ejemplo, la situación es aún más compleja, pues la escalada de tensiones con Irán, en torno a su programa nuclear y el control estratégico del estrecho de Ormuz, ha reconfigurado el equilibrio regional. Las acciones militares selectivas, los ataques quirúrgicos y la presión económica han generado una reacción internacional dividida, donde aliados tradicionales han comenzado a cuestionar la viabilidad de una política exterior basada en la confrontación constante. Este desgaste no solo tiene implicaciones geopolíticas, sino también domésticas, ya que la percepción de un liderazgo errático o excesivamente beligerante empieza a permear entre el electorado estadounidense.
Y es que de acuerdo con diversos sondeos publicados por medios como Gallup y Pew Research, la aprobación de Trump ha mostrado signos de debilitamiento, situándose por debajo de niveles que en su momento registraron presidentes como Barack Obama o incluso George W. Bush en momentos críticos de su administración. Este dato no es menor si se considera el calendario electoral, pues este año se renovará la totalidad de la Cámara de Representantes y un tercio del Senado, además de múltiples gubernaturas estatales, y en el sistema político estadounidense perder el Congreso no es solo una derrota legislativa, es una vulnerabilidad estructural que abre la puerta a investigaciones, bloqueos y, en escenarios extremos, procesos de destitución (el impeachment).
En este contexto, la política exterior deja de ser únicamente un asunto de Estado para convertirse en una herramienta electoral, pues si algo ha demostrado la historia, es que los presidentes en crisis no buscan soluciones, sino enemigos, utilizando los conflictos internos como punto de cohesión entre sus simpatizantes y sus detractores, dándole, quizá, rienda suelta al mandatario estadounidense para abandonar todavía más, la mesura, la diplomacia y el diálogo.
Y aquí es donde México entra nuevamente en escena. Si la popularidad cae y las elecciones se aproximan, la necesidad de un golpe de efecto se vuelve imperativa. ¿Qué mejor que activar una narrativa ya construida, jurídicamente respaldada y mediáticamente posicionada? Las operaciones en territorio mexicano dejarían de ser una posibilidad lejana, para convertirse en una carta política de alto impacto, ya que no se trataría únicamente de combatir al narcotráfico, sino de enviar un mensaje claro al electorado: el enemigo está identificado y la respuesta está en marcha.
Esto debido a que el riesgo para Trump de perder el control del Congreso es real, y con ello, la amenaza de investigaciones que profundicen en episodios como su condena por 34 cargos en Nueva York o sus vínculos con figuras como Jeffrey Epstein, y en ese escenario, un conflicto externo no solo distrae, sino que reconfigura las prioridades políticas y mediáticas.
México, entonces, se encuentra en una posición delicada: no como protagonista de su propia narrativa, sino como pieza dentro de un tablero mayor, porque al final la pregunta no es si existe tensión, sino cuándo y cómo se decidirá utilizarla. Porque en un entorno donde la política se mezcla con la estrategia y la estrategia con la necesidad electoral, los países dejan de ser vecinos para convertirse en variables, y en ese cálculo frío México corre el riesgo de ser algo más que un socio incómodo: podría convertirse en el perfecto distractor.