Los “food trucks" o camiones de comida, además de ofertar alimentos preparados previamente o en el momento, ofrecen posibilidades de pago vía tarjeta de crédito o débito, un asunto bastante cómodo para los “millennials”.
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Foto: www.proyectoanalogo.com, Pablo I. Argüelles\n
El aventurero experimentó una nueva forma de convivir en torno a la comida a través de la oferta en vehículos a veces “vintage”, furgonetas, camionetas en desuso con gran capacidad para almacenar y donde se han instalado cocinas para comida a veces rápida y otras no tanto. El caso es llegar hasta el consumidor sobre ruedas.
Coloquialmente, los jóvenes con actitud, capacidad y dinero denominados “millennials” les llaman “food trucks”, camiones de comida, castellanamente hablando, y responden a esa nueva tendencia universal heredada, en el caso mexicano, de la moda en Estados Unidos, pero cuyos orígenes son situados por los estudiosos en Japón.
¿La razón?, se había preguntado el aventurero Zalacaín. Responde a varios factores: el crecimiento de las manchas urbanas; la ausencia de servicios en polos de desarrollo universitario donde jóvenes con capacidad económica demandan productos higiénicos, sanos, accesibles, con oferta variada que cubra gustos diferentes a los antojitos poblanos, memelas, quesadillas, tacos de canasta, atoles, tamales y cuanto alimento para desayunar o almorzar se usaba en el pasado.
No puede despreciarse esa tendencia, había comentado Zalacaín a sus amigos en la mesa de café aquella mañana. En la Unión Americana se pusieron de moda en el pasado y contribuyeron enormemente al desgaste del paladar de los habitantes del sur del país para ceder el espacio a la “fast food”, donde la tendencia de usar y tirar abonó en el desarrollo de la economía de las grandes autopistas y las ciudades emergentes.
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Los poblanos también tuvieron sus antecedentes, locales, arraigados a las costumbres y tendencias de la época. Los hubo desde la llegada del transporte sobre ruedas, no mecanizado; se profundizaron en el momento en el que el motor de combustible se unió a la cabina y arrastró y transportó para acercar mercancías.
Las carretas jaladas por mulas o burros en el siglo XIX llevaban barriles de pulque y sirvieron para ofrecerlo en las ferias parroquiales y pueblerinas. Los alimentos, los antojitos, fueron instalados preferentemente en los zaguanes de las casas, en los atrios de las iglesias y en las esquinas de las calles transitadas.
El aventurero recordaba en su infancia los primeros “carritos” jalados por triciclos o manualmente derivadas de un “tambo” o de un tonel, cortado por la mitad y transformado en una especie de caldera, de horno, para cocer los camotes y los plátanos ofertados a media tarde en las colonias de la ciudad; después vendrían otros, los modernos, donde se vendieron los primeros “hot-dogs”, esa modernización del antojito nocturno con intenciones de vencer en las preferencias a los chileatoles, las chanclas, los pambazos o las pelonas; eran en forma de una caja grande, como refrigerador horizontal, diseñada expresamente para dar cabida a una especie de estufa a fin de mantenerse caliente, en “baño María”, los ingredientes de los “perros calientes”. Se hicieron famosos en el Paseo Bravo, espacio donde las autoridades les permitieron instalarse por la presencia del zoológico, el león “César”, el serpentario, el lago y los juegos mecánicos, para luego invadir otras esquinas de la ciudad; incluso hubo autoridades solapadoras de tal moda a cambio de jugosos ingresos en dinero negro.
Los carritos de “hot-dogs” intentaron desplazar a los puestos populares de barrios inútilmente. Pero hoy día las tendencias son diferentes: la moda económica, el paladar de los jóvenes con posibilidades de usar tarjeta de crédito o débito, la instalación de centros universitarios en la nueva zona metropolitana y los costos de las rentas por un local establecido y domiciliado les abren un espacio.
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El antecedente más remoto, recordaba Zalacaín, se dio afuera de los edificios de dependencias públicas, donde se procuraba la alimentación de los burócratas. Frente a las sedes de Finanzas, Sedurbecop, ISSSTE, ISSSTEP, IMSS, etcétera, fueron apareciendo autos particulares con grandes cajuelas o en el mejor de los casos las combis, las camionetas “vannette” desahuciadas de la empresa Bimbo e incluso algunos microbuses modificados para dar cabida a las “cocinas económicas” donde los trabajadores de la función pública calmaban sus apetitos matinales. Adentro se instalaron estufas para mantener calientes los guisados, incluso algunos se dieron el lujo de abrir una puerta lateral para desplegar un toldo y una barra retráctil con bancos para ofrecer los alimentos.
Pero los “millennials” han ido más allá: con ingenio y dinero ahorrado, se dieron a la tarea de modificar camionetas de gran calada, remolques y otros, y han logrado asociar el diseño externo e interno con platillo poco ofertados en las calles, lo mismo alimentos italianos, franceses, japoneses, libaneses o simplemente cafeterías y pastelerías móviles o de cochinilla pibil o verdaderos bares de coctelería profesional ubicados en parques del Centro Histórico, calles aledañas a los campus universitarios, ferias o instalaciones de eventos en el interior del Centro de Convenciones. Su común denominador: comida rápida, higiénica, accesible y con toques gourmet.
Sin duda, pensaba el aventurero, tendencias modernas, aceptables en muchos casos, con ofertas diferentes, a grado de despertar el interés de una opción donde no siempre el “fast food” es el atractivo, por suerte también los modernos estilos de la gastronomía urbana. elrincondezalacain@gmail.com
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